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Opinión | El Mirador

Epílogos

Ancianos

Ancianos / EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

Ignacio Peyró es un buen escritor y gran columnista, joven, que valora las distintas edades del hombre según la literatura, y las califica por sus consonancias… Así que habla de la poesía de la infancia; del drama de la adolescencia; de la épica de la juventud, y como él aún no ha cumplido los cincuenta, se queda en lo que lo llama como el principio del declive, que es cuando nos viene el cambio de velocidades en la bicicleta del tiempo (uno que parecía no correr a otra que aparenta volar)… Al periodo de la vejez, que no conoce más que de referencias, lo titula como 'los de la rebaja'.

A su edad debería recordar a Fray Luís de León cuando acierta a declarar “ya la madura edad te pide el fruto”… El problema, y no pequeño, es que cada vez hay más árboles sin echar fruto, aún agostados a los leñosos de los de sus padres. Nada que, no siendo lo normal, estamos tomándolo como si lo fuera… Si yo tuviera que seguir el paralelismo de sus letrados ejemplos, habría de concluir que estoy en la edad del epílogo. Como árbol leñoso apenas verdecen las hojas de las puntas de las ramas; y como género literario, digamos que es una especie de novela histórica, ya más historia que novela.

A mi edad, la vida se nos vuelve 'vintage', y los recuerdos parecen fotos sepia… Seguimos en la vida, pero tampoco sabemos tanto de la vida. Lo que alguna vez creímos 'locuras de juventud' hoy se nos las clasifica como 'cosas de viejo', lo que nos pone en nuestro lugar apenas abrimos la boca, por si en algún momento llegamos a creernos que nuestras vivencias han aportado algo a alguna cosa o en algún caso… Peyró, que muy bien puede ser hijo mío, afirma que a él le ha llegado la pregunta crucial: ¿qué has hecho con tu vida?, lo cual lo desconcierta… o eso mismo confiesa.

Lo peor sería, estimado amigo, que te preguntaras qué ha hecho de ti la vida, pues eso sería una confesión de inanidad que no nos deja muy bien parados por cierto, pues la vida que no se vive, no es vida; y la que nos vive a nosotros, es tan solo que una ilusión, aunque solo hayamos servido para hacer medio bien algún par de cosas, y el resto sea un cúmulo de mediocridades. Otra cosa más o menos distinta, y más o menos relacionada, es nuestra conformidad o disconformidad con ese punto vital… Eso ya es cosa de cada cual, y tú llegarás a ello en tu sazón y momento; y habrás de contestártela, solo para ti mismo, pues cuánto exteriorizamos a los demás es tan solo que un intento de convencernos a nosotros mismos, no nos engañemos.

Alguien dejó escrito en algún sitio que, a cierta edad, “las cosas no ocurren, sino que recurren”… Si aún queremos tomarnos la molestia de pensar (a estas alturas hay quién dice estar cansado, y se pregunta para qué), quizá captemos cierta recurrencia de lo que hemos hecho a lo largo de nuestra vida. Puede que hasta solo seamos ya personajes recurrentes de lo que un día fuimos. Y puede que lleguemos a reconocernos tan solo que por esos detalles, o destellos, o lo que sea… Y lo patético del caso es que ni siquiera nosotros podemos dar fe de ello sin caer en las 'historietas del abuelo Cebolleta'. Si acaso, nuestros hijos, o nuestros nietos, o tampoco…

Creo que fue Platón el que dijo lo de “el viejo que imita al joven es que no ha sido joven, y, entonces, lo que no supo ser de joven, tampoco habrá de saber serlo de viejo”… O algo muy parecido a eso…. Es un fenómeno muy extendido en la sociedad actual, donde los hogares de pensionistas sirven para elegir a sus misses, hacerse liftings, y montarse ligues en sus insersos… No digamos la general imitación y la terrorífica batalla de la “arrugancia”. Hablamos de millones de viejos que aseguran convencidos no ser viejos por mucho que lo sean. Lo del sentirse es un matiz de serlo, y el serlo es ajeno al sentirse; pero la evidencia lo hace ineludible e inevitable.

El problema es cuando queremos cambiar la madurez por ligereza, y recuperar a destiempo lo que un día – según Platón – no supimos o pudimos ser… Sea como fuere, la dignidad reside en aceptar con elegancia lo que se es en sustancia. Y en apechar con las consecuencias. No hay nada más. Dice el autor en su artículo que lo que nos hace ser lo que somos en cada momento de nuestra vida es “asumir en conciencia las lecciones de cada edad”. Sí, eso dice… Pues algo así creo yo también, con permiso de los de mi quinta, y si no les molesta.

También asegura Ignacio en su ensayo que, a su edad, esos dichosos cuarenta y cinco de su medianería, “solo nos ama quién quiere vendernos un plan de pensiones. Uno siente que, en el banquete de la vida, le acaban de servir el brócoli”… Bueno, esa es la intuición de la mitad del camino, donde se atisba la proximidad de la cuesta abajo, y en la que uno empieza a preguntarse cosas en busca de respuestas impertinentes que mejor sería dejarlas correr.

A su edad, yo estaba inmerso en el torbellino de lo que creía que debía hacer, no en lo que, en verdad, quería hacer; y hoy ya tan solo hago lo que puedo hacer, y, aún y así, me miran mal… En ese breve intermezzo se quedan en el camino esas Asignaturas Pendientes de aquella película de aquél José Sacristán, que todos tenemos in excepción alguna. En el fondo, todo es parte de la experiencia, y la cuestión está en saber reconocerlo, o en no querer porque no se sabe hacerlo. Somos libres de elegir, nadie nos obliga a ello… Tan solo puedo decirle a Peyró – que no aconsejarle – que ninguno somos ejemplo para ningún otro, puesto que cada cual ha de vivir sus propias y personales vivencias. La misma experiencia en dos personas distintas son de resultados diferentes, así que lecciones, las justas…

Por eso, que vaya eligiendo género literario para su epílogo, porque solo él podrá reconocerse en sí mismo. Lo del título ya lo ponen los demás cuando nos colocan el forro que nos merecemos. O eso creen ellos.

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