Opinión | Pasado a limpio
Pobre América Latina

Héctor Alterio
Por la sangre derramada,
por los cuerpos mutilados,
yo te nombro, Libertad.
De Jesulín de Ubrique cuentan que, al conocer al papa, lo calificó «en dos palabras, impresionante». Tal vez no fuera desencaminado el torero feriante, porque si me preguntas, amable lector, mi parecer sobre Héctor Alterio, te diría que impresionante en varias palabras: magistral, soberbio, dúctil, brillante, sublime… y faltarían calificativos para definir su talla como actor.
Mi memoria tiene guardada su actuación en El próximo verano, obra teatral representada en TVE en 1983, pero reconozco que fue una jovencísima Emma Suárez quien me encandiló. Dos años después, vi La historia oficial y el papel de Héctor Alterio como padre adoptivo de una hija de desaparecidos de la dictadura argentina. Un patriota, soberbio, oportunista, hipócrita y despiadado, afín al régimen al que financia y del que se enriquece. Una actuación tan convincente que durante años me costó trabajo desprender el personaje del actor.
La guerra de las Malvinas fue determinante del desprestigio y caída de la dictadura argentina. Bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, se enjuició y condenó a los militares por crímenes de lesa humanidad. El informe ‘Nunca más’ se difundió más allá de las fronteras argentinas de la mano y el prestigio de Ernesto Sabato.
Muy distinta fue la caída de Pinochet, después de un proceso de transición, en cierto modo similar al nuestro, pues las élites gobernantes dejaron paso a un régimen democrático sin dar cuenta de sus crímenes, manteniendo una tutela inicial sobre el nuevo régimen, del que parece no haberse liberado.
Parafraseando a Nemesio García Naranjo, «pobre América Latina, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». El autor se refería a México, pero la frase es extensible a todo el continente. Desde la doctrina Monroe, en el primer cuarto del siglo XIX, la influencia norteamericana en la América hispana ha sido determinante, más o menos explícita y con intensidad variable, pero en líneas generales siempre nefasta. El gigante del norte ha explotado, saqueado, expoliado riquezas, gobernado países a través de testaferros de sus multinacionales, asesinado líderes electos o rebeldes, apoyado dictaduras, provocado golpes de Estado y subvencionado todo lo que le fuera servil, sin ningún género de miramientos, consideraciones humanitarias ni compasión alguna.
Héctor Alterio se exilió de su país. Se quedó en España en 1975 al recibir una amenaza de muerte de la Triple A. Las dictaduras no son nada proclives a la crítica ni favorables a las manifestaciones culturales. Hacer papeles de afectos al régimen tampoco ayuda, porque mostrarse como tal ya es una parodia intolerable para el pensamiento monolítico, si se me permite el oxímoron, porque las piedras no piensan.
Se nos van los testigos de un tiempo oscuro, una lacra social que, en una especie de ley pendular, amenaza con volver a dominar gobiernos y países. Que además lo haga enarbolando la palabra libertad es aún más oneroso para la memoria y la sangre derramada. Decenas de miles de muertos en el Cono Sur, torturados con técnicas sofisticadas, desaparecidos y asesinados vilmente, expoliados sus bienes y hasta sus hijos. El informe Sábato, como fue también llamado aquel ‘Nunca más’, se perderá en los anaqueles de una biblioteca abandonada. Mueren los últimos testigos y no hay lectores para sus obras, que fueron denuncia de la infamia.
No es un mal menor que algunos de esos líderes se hagan llamar cristianos o católicos. En su tiempo, el clero encubría sus crímenes bajo el palio y bendecía a los dictadores en el templo. En La historia oficial debaten dos profesores, uno dice que la historia la escriben los vencedores, el otro dice que los asesinos.
Este fin de semana, José Antonio Kast fue elegido presidente de Chile. Reivindica el legado pinochetista y se declara católico, antiabortista y xenófobo. Tiene su gracia que tantos descendientes de inmigrantes se muestren partidarios de expulsar extranjeros. Sus antepasados llegaron en busca de una tierra de promisión, pero los hijos la niegan a quienes son tan parecidos a sus padres.
No es menos contradictorio que se esté formando una ultraderecha internacional, cuando su esencia se funda en el desprecio a quien no comparte su patria y su bandera. Los patriotas norteamericanos desprecian a los latinos, después de haber despreciado a irlandeses e italianos que llegaron a finales del XIX. Los nacionalistas argentinos desprecian a los chilenos y a los uruguayos, los españoles a los catalanes y estos a los charnegos. Sólo les une el odio al semejante y se dicen cristianos sin el más mínimo rubor.
No es el único contrasentido. La derecha compra el discurso ultra, los necesita para apoyar sus gobiernos o sus presupuestos. Es una claudicación lenta, porque el abrazo del oso termina asfixiando. Como el refrán español, cría cuervos y te sacarán los ojos. La izquierda no es menos culpable, perdida en el cuento de Pedro y el lobo y desperdiciando las oportunidades que tuvo cuando gobernó.
A los amigos que me abrieron algunas puertas y me ayudaron a comprender ciertas sombras del alma humana; a Edmundo Chacour, a José Ignacio Alonso y a otros muchos que murieron antes; a Jorge Pesce, que me describió un paisaje desolador en su confinamiento en el desierto de Atacama y que pasea por las grandes alamedas de Santiago de Chile, al pie de los Andes. Ánimo, hermano.
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