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Opinión | Levedades

El mensajero urgente

Hay días en los que la vida nos duele y días en los que nos pica ligeramente. Si para aplacar ese picor leve nos rascamos mucho, puede llegar a dolernos. El cuerpo conoce bien la diferencia, pues en la piel habitan terminaciones nerviosas especializadas en captación de distintos tipos de señal. Unas nos avisan de lo que amenaza con dañarnos. Otras, de lo que solo nos irrita de forma pasajera. El sistema nervioso envía cada uno de estos mensajes por vías separadas para que el cerebro no confunda lo que es un riesgo con lo que apenas es molestia. Y en la vida, aunque no dispongamos de cables ni fibras especializadas, la distinción funciona de forma semejante. El dolor es un mensajero urgente, casi brutal. Llega con la contundencia de lo innegociable: algo se ha roto, algo arde, algo no puede seguir así. Es la alarma con la que el organismo intenta salvar lo que aún no está dañado. El picor leve, en cambio, es la persistencia de lo pequeño, un murmullo inquieto que no anuncia catástrofe alguna, aunque tampoco permite del todo la paz. Para distinguirlos, tanto en el cuerpo como en el ánimo, hace falta una sensibilidad que a veces perdemos por culpa del ruido.

Un gesto torpe, un comentario mal interpretado, una inquietud pasajera (todo eso que en el mapa emocional sería apenas una señal de picor) lo leemos a veces como un mensaje de dolor, y reaccionamos con dramatismo innecesario. Hacemos de una rozadura una fractura. En ocasiones, ocurre lo contrario: soportamos un dolor verdadero como si fuera un picor sin importancia. Minimizar lo que lastima de verdad es como ignorar un incendio. La señal viaja por dentro, clara, específica, insistente, pero la esquivamos y dejamos que la llaga se agrave bajo excusas increíbles. Y está también, como señalábamos al principio, el alivio paradójico, el de rascarse para aliviar el prurito al precio de provocar un perjuicio mayor. En la vida, los gestos que liberan suelen parecer incómodos: confesar una verdad pendiente, por ejemplo. Se lo recomendamos a Mazón, a Salomé Pradas, y a la periodista Vilaplana, atrapados en una red absurda y picajosa de mentiras que llevan un año rascándose. De ahí, en parte, la extraordinaria herida abierta que no deja de supurar.

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