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Opinión | Pulso político

Comprometidos y comprometidas con el feminismo

Nací en el PSOE. Aprendí a andar en mi agrupación, en la Casa del Pueblo. Mis primeros recuerdos son junto a mi padre atendiendo a quien lo necesitaba, sin horario, sin festivos y sin vida. Maduré junto a mi madre de la que aprendí el valor de la lucha diaria: la vi defender a su familia y su trabajo, colaborando con un grupo de mujeres valientes que apostaron por el cooperativismo y por la fuerza transformadora de sus ideas. Cumplí la mayoría de edad de la misma manera, defendiendo aquello en lo que creo contra viento y marea. He renunciado a muchas cosas importantes para mejorar la vida de los demás, pero siempre con la certeza de permanecer en el lado correcto de la historia, al lado de quienes más lo necesitan.

Hoy, a mí y a los militantes de mi partido nos golpea la generalidad, metiéndonos a todos en el mismo saco, en un ejercicio de simplificación que hace que, por culpa del comportamiento deplorable, repugnante, retrogrado de unos pocos, acabemos todos tachados de lo mismo. Resulta una obviedad, aunque en estos tiempos que corren es mejor detallarlo, que en mi partido hay más de 180.000 militantes (99,9%) que no son puteros, acosadores o consumidores de psicotrópicos con cargo a los presupuestos generales del Estado o de alguna Comunidad Autónoma. Esto es importante señalarlo, porque la generalidad y la intención política a veces obvia los detalles más gruesos.

Corruptos, mentirosos, ladrones, puteros, machistas, misóginos, todos ellos me asquean y repugnan a partes iguales, independientemente del color político y aunque no tengan ninguno. Lo que hemos visto, oído y leído estos últimos días, me apena. Habrá una investigación contundente, y como dicen en mi pueblo: «Si es verdad que la ha hecho, que la pague». Sin ningún adorno. Al fin y al cabo, un partido político es una miniatura de la sociedad. Una sociedad repleta de gentes buenas, pero no exenta de personas tóxicas.

Tengo una certeza, lo que tenemos enfrente es el abismo, un agujero negro que todo se lo traga; el retroceso. Simone de Beauvoir lo resumió perfectamente: «No olvidéis nunca que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres se cuestionen». Estamos en esa encrucijada. La derecha y la extrema derecha. Un binomio donde cada vez es más complejo distinguir quién es el extremo. Acechan con empeño su momento, atreviéndose a dar lecciones de comportamiento revestido de feminismo ejemplarizante. Aquellos que niegan la violencia de género y quieren cerrar en verano los centros de atención a las víctimas, como si un maltratador se fuera de vacaciones; aquellos que justifican la violencia contra las mujeres; los que eliminan las consejerías de igualdad por interés político. Sí, son esos los mismos que ahora nos dan lecciones.

Como socialista, como militante de mi partido, pero sobre todo como mujer, me niego a aceptarlo. El PSOE es ese partido que ha hecho posibles los permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles. Es ese PSOE que cree en la paridad y promueve la corresponsabilidad, el mismo PSOE que se ha propuesto terminar con la brecha salarial, el techo de cristal y los suelos pegajosos. Soy del partido que le planta cara a la violencia de género y señala al maltratador. Ese que defiende el aborto como un derecho en vez de mantenerlo como un privilegio.

He mamado un PSOE de personas honradas y empapado de honestidad. Ahora toca hacer lo que mejor se nos da, remangarnos y trabajar sin descanso. Trabajar, porque el machismo lo impregna todo, y de todas y todos es la lucha para destruirlo y conservar los derechos y avances adquiridos. Luchar no es una opción sino una obligación pues me temo que, si dejamos de hacerlo, perderemos todo aquello que ya hemos conquistado y construido.

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