Opinión | LITERATURA
Segundas lecturas
No me resisto a los cambios, pero sí me cuestan, soy reticente a ellos, pues el orden, también el vital, me da estabilidad. Por eso, cuando L. y yo nos mudamos juntas, hace justo nueve años, yo llevé conmigo a ese piso que ahora es nuestra casa algunos muebles, la cama, una cómoda, cuatro de las seis librerías que hoy tenemos, el tocadiscos y mis vinilos, además de todos mis libros. L., en cambio, decidió renunciar a buena parte de su equipaje. Se trasladó con lo puesto, casi, y por el camino cedió a una biblioteca pública cercana las obras que atesoraba antes de conocerme, los títulos que había ido acumulando durante su vida sin mí. No había espacio suficiente, y ella es bastante más pragmática y flexible que yo, es capaz de adaptarse a todo, incluso a mí. En nuestro piso apenas hay paredes, solo las que nos separan y aíslan de los vecinos y de la calle. El interior es un espacio diáfano, despejado y embaucador, la amplitud que sugiere es un puro embuste. Así lo dejamos, lo decidimos, al hacer una obra que se prolongó demasiado y tenía, lo perseguía, un doble significado: la demolición de la estructura anterior y, con ella, la de la existencia que allí se había desarrollado antes, y la construcción de otra, nueva, distinta, mejor, como la relación que en ese momento estábamos empezando. Una de las librerías de la casa está junto a mi escritorio, otra en el salón y las cuatro restantes en la cocina, un lugar en el que no es extraño que yo escriba. Me siento, en la misma silla, color naranja, en la que desayuno y donde almuerzo, un verbo mucho más bonito que comer, e invoco a los fantasmas de todas las mujeres, una genealogía completa, que se vieron obligadas a habitar ese mismo espacio para poder crear, carentes aún de una habitación propia. En las cuatro librerías de la cocina se fijó mi sobrino hace un par de semanas sentado en esa silla, color naranja, en la que yo desayuno, almuerzo, y a veces escribo. No en ellas; Rodrigo reparó en la cantidad de cosas colocadas -sí, no puestas- delante de los libros, ordenados por editorial y, algunos, por autor, nada de géneros. ¿Qué haces con todo eso cada vez que quieres coger un libro?, menudo rollo tener que moverlo, no encontrarás nada, hay muchos tapados. Bueno, es que ya he leído los libros que hay en esa librería. ¿Todos? Sí, prácticamente todos, eso creo. ¿Y si quieres volver a leerte alguno? Entonces, yo le confesé a mi sobrino algo que intento justificar por la falta de tiempo y en realidad está motivado por el afán consumista, devorador: son muy pocos, contados con los dedos de una mano, los libros a los que he regresado para leerlos de nuevo de principio a fin. Pues si te han gustado tanto no sé por qué no los puedes leer otra vez. El mismo jaque mate con el que, unas horas antes, había acabado conmigo en una partida de ajedrez. Aquella argumentación de Rodrigo, irrefutable, me llevó a volver a abrir una novela que, años atrás, no muchos, los suficientes para considerarla parte de la memoria lectora, me fascinó, una nueva edición, en tapa dura y con preciosas ilustraciones. Sólo después de haber experimentado el placer de la relectura a lo largo de dos semanas que no quería que terminaran me di cuenta del prodigio que Maggie O’Farrell hizo al escribir Hamnet.
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