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Opinión | Achopijo

Salva

Hay un tipo murciano que vive la ciudad de una forma especial. Reconocible. No abundan, aunque siempre ha habido, me dicen los mayores más sabios. Murcianos que son los que mueven ese latido que se siente cuando vives la ciudad, un poco más fuerte. Salva es uno de ellos. Tiene esa rara virtud de convertir cada instante en una celebración compartida, de cuidar a los suyos sin hacer ruido, de entregarse a las fiestas como quien defiende una parte esencial de la propia vida. No concibe las tradiciones como un simple calendario de actos, sino como una forma de estar en el mundo, de unir a la gente y de recordar quiénes somos. Y así ha sido desde que le conocí: con pasión, con cercanía y con un compromiso absoluto por esta tierra.

Sabemos dónde encontrarlo: cerca de la gente, escuchando, organizando, animando, pendiente de que todo salga bien y, sobre todo, de que todos disfruten. Porque Salva tiene ese talento intrínseco a la murcianía: mirar alrededor y pensar primero en los demás. Desde el primer día, en una reunión con él y con su amigo David Carmona, amigo mío de recreos de colegio e instituto, Salva mostró esa bonhomía. Personas que se reúnen sentadas en ambas partes son personas capaces de resolver. Y de estas no hay tantas…

Es una parte grande del futuro inmediato de Murcia, en sus fiestas de Moros y Cristianos. Lo es aunque ya no esté aquí, porque todo lo que hizo permanecerá. Su sentido de responsabilidad y su amor sincero por las fiestas lo convierten en la persona llamada a impulsar una nueva etapa, que ya nace brillante con el flamante interés turístico internacional. Hablo en presente, porque aunque Salva haya demostrado una vez más la injusticia de la muerte a toda una ciudad, su legado está aquí.

Desde ahora, Salva se convierte en referente constante, en esa luz que sigue guiando desde el cielo a quienes continúan su labor. La Federación, las kábilas y mesnadas, los amigos, la familia… Todos llevan grabado ese recuerdo de un hombre que disfrutaba la vida pero que, aún más, hacía que los demás la disfrutaran. Esa es la huella que trasciende cargos, que permanece cuando el murmullo de la fiesta se apaga y queda solo la esencia.

Cuando vuelvan a sonar los tambores y los trajes vuelvan a llenar nuestras calles, Murcia lo recordará. Porque Salva seguirá desfilando con nosotros, presente, recordándonos que la alegría compartida es la forma más noble de amor por una ciudad y es la más murciana forma de vivir. Vale.

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