Opinión | Análisis
Murcia al vaciado
(A propósito de la exposición ‘Murcia. Piel y memoria’ de Lidó Rico)

Mural de Lidó Rico en el Palacio Almudí / La Opinión
Desde que comencé a hacer crítica de arte, hace ya casi cuarenta años, siempre he tenido muy presente que únicamente es la obra expuesta lo que se juzga, aquello que ya ha comenzado su independiente y autónoma andadura por la vida, pero jamás critico a su autor. Otra cosa sería que el propio autor quisiera formar parte de esa obra, o, incluso, fuese ella misma (y de eso, por desgracia, sabemos bastante en esta ciudad con las performances y demás acciones contemporáneas), aunque no es el caso que hoy nos ocupa, cuál es la exposición: Murcia. Piel y memoria, del yeclano Lidó Rico, una muestra cuyo sentido último está basado en el encargo municipal que se le encomendó como homenaje al 1200 aniversario de la ciudad y que puede contemplarse actualmente en el Palacio del Almudí.
El arte como representación colectiva
Pero, hablando de homenajes y de encargos, ¿por qué a lo largo de la historia todas las culturas han utilizado el arte y, sobre todo, la escultura, para homenajear y representar diversas celebraciones y hechos históricos? Recordemos las esculturas de Fidias para el Partenón, La Victoria de Samotracia, La Loba Capitolina, El David de Miguel Ángel… No es difícil pensar que esto era debido a que solo delante de ciertas obras se producía, más que un consenso de gustos, lo que podríamos calificar como un verdadero silencio cómplice, unas irrebatibles y mudas aceptaciones colectivas.
Era el Arte, con mayúscula, como símbolo y expresión de lo más auténtico y vivo, de lo más común en cuanto al sentimiento y la verdad que traslucía. Decimos el Arte (que era como definía Ramón Gaya la obra de creación, anteponiéndola al arte artístico) para distinguirlo de la simple artesanía. Por supuesto que también en aquellos tiempos de Pericles había orfebres, artesanos, carpinteros…, profesiones que exigían especialización manual, sensibilidad y buen gusto, pero a los que jamás se les escogía para representar a todo un pueblo en un homenaje colectivo.
Un encargo sin consenso ni trascendencia
Pues bien, para homenajear nada menos que el 1200 aniversario de nuestra ciudad, "alguien" decidió que lo hiciese Lidó Rico, un artista cuya trayectoria conocemos desde hace bastantes años y con un trabajo basado, fundamentalmente, en el vaciado artesanal de volúmenes, es decir, en la copia mecánica de cualquier objeto tridimensional. Ese alguien que lo decidió (porque de alguien concreto tuvo que partir la idea, aunque después esa designación fuese corroborada por la mayoría de la corporación municipal) o no ha sabido distinguir la diferencia entre la realidad y su imagen, o simplemente no le ha importado valorar una copia por encima de un original. Algo verdaderamente grave cuando se trata de un encargo que debería representarnos a todos y trascender épocas y culturas.
En una ciudad en la que siempre hemos alardeado de Salzillo y de su escuela, con un siglo XX en el que la imaginería cedió paso a la escultura civil con nombres tan notables como José Planes, Clemente Cantos, González Moreno, Antonio Campillo o Elisa Seiquer, y con una actualidad viva de escultores como Luis Toledo (tristemente arrinconado en su estudio de Churra), Lola Arcas o Manuel Páez, resulta llamativo que, sin concurso público alguno, se encargue directamente a un especialista en moldes un homenaje de tal relevancia.
Una duda
El impostado gesto de horror como el que se le ha dotado a todos los personajes escogidos, ¿a qué obedece? ¿Al visceral rechazo por lo que les ha tocado portar en sus manos a cada uno de ellos? ¿Al dramatismo que debemos sentir los murcianos por el hecho de haber nacido aquí y no en Yecla o Sebastopol? O, ¿quizá, se nos está imaginando a todos los que por el resto de nuestras vidas tendremos que seguir viviendo nuestro propio destino junto al disparatado homenaje que se nos brindó?
Como se trataba de un homenaje a la ciudad —y en las ciudades somos muchos— se realizan numerosos vaciados (por cierto, casi idénticos), que se agrupan en un paño, se complementan con los vaciados de las manos de algunas personas relacionadas con Murcia, más o menos célebres, y se rellenan los huecos con piezas artesanales de carácter turístico que representan a los personajes escogidos.
Homenaje escultórico resuelto; eso sí, acompañado de textos cómplices, de fotografías documentales sobre el "sufrimiento del autor", un enorme mosaico digital con infinitas versiones de lo que parecen ojos y, como remate, unas gigantes y teatrales cortinas semitransparentes.
Ni grandeza escultórica (por mucha extensión que se le dé); ni trascendencia; más bien una obsesión por la nimiedad y el lugar común; ni dominio del espacio; ni guiño real a nuestra tradición árabe, más allá del horror vacui del tapiz; ni materiales nobles o autóctonos…
Posdata
Cuando calificamos a Lidó Rico como un artesano del vaciado, que conste que lo hacemos con el máximo respeto hacia esta actividad y hacia el autor, pero, para nosotros, por mucho "relato" con el que se le adorne, esa actividad no tiene nada que ver con lo escultórico y, mucho menos, con la creación.
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