Opinión | El retrovisor
La hora del Belén

Niños pastores en la cabalgata de Reyes de 1964. / Archivo TLM
Es hora de sacar el belén de su caja, después de un año de ostracismo, olvidado en lo más profundo de un armario. La fantasía del belén llega a ser todo un compendio vital: un pequeño universo de mentirijillas donde las montañas de cartón, la cola, la harina impoluta y la bandera de España reúnen el sentir de quien lo monta.
Junto al portal se crean escenas variopintas que tienen mucho que ver con la idiosincrasia del territorio donde se instala: un estudio antropológico, un mundo en miniatura que refleja conceptos y ensoñaciones casi siempre anónimas. Así, encontramos un cúmulo de ancestrales oficios que se reparten la mayoría de las escenas, junto a unos pastores de bucólica vocación que, con el paso de los años, desde Francisco de Asís, han visto gravemente deteriorada su imagen. Hay pastores en diversas facetas: bacanales impías que dicen poco de su honorabilidad, dándole a la bota de vino como posesos, durmiendo la mona tumbados a la bartola, jugando como viciosos ludópatas al tute o al chamelo y, en el mejor de los casos, haciendo sus necesidades más imperiosas sin pudor, para mayor escarnio del observador de las tradiciones que el belén representa. Los nacimientos muestran estampas encasilladas en el tiempo que no ofrecen evolución alguna, como la del gerente de la fonda donde pensaban pernoctar José y María. El hombrecillo sigue asomando el busto, legañoso, en camisón y gorro de dormir, por los postigos de la ventana, alumbrándose ante la llamada inoportuna de los viajeros, sin que los años le hayan deparado un letrero luminoso, ni las tres o cuatro estrellas que califican al establecimiento, ni el indicador de si cuenta con restaurante y servicio de habitaciones. El siempre celoso Herodes permanece impasible, a la intemperie de su marmórea escalinata porticada, desafiante a intemporales devaneos políticos, mientras sus sicarios dan escarmiento a la plebe en una única y ejemplar connotación contemporánea.
La estampa de cierto soldado salzillesco alzando en una mano la cimitarra y en la otra a un inocente niño, asido por el tobillo para partirlo en canal, pone de manifiesto que la violencia no es cosa de ahora y que vienen de tiempos remotos.
Sufridos días para los usuarios de dentaduras postizas y empastes dentales. No teman: por no ser, ni el turrón es tan duro como el de antaño.
En Murcia se industrializó el belén cuando ya había salido de iglesias y conventos, cuando Salzillo modeló el suyo. Fue más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, una época en la que «montar el belén» alcanzó su máximo apogeo, pese al humorismo imperante en esta época, introduciendo en él toda suerte de figuras y detalles de dudoso gusto que, en ocasiones, rayaban en ocasiones en lo ridículo.
Por entonces eran famosos los talleres de José López ‘El Niñero’ y Antonio Pérez Gil ‘El Santero’, instalados el primero en la calle Isabel la Católica 19, y el segundo, en la de Sagasta, número 11.
A principios del siglo XX, hubo un murciano ilustre, don José García Martínez, que queriendo engrandecer esta industria y perfeccionarla en lo posible, reunió en torno a sí a grandes y pequeños artesanos, montando un único obrador en la planta principal de su rascacielos (la casa de los nueve pisos) de la calle de la Acequia, de donde llegaron a salir enormes cantidades de figuras muy depuradas en estilo y ejecución. Aquella unión no duró mucho; poco a poco, los antiguos maestros fueron separándose para continuar como independientes sus actividades y el buen propósito de García Martínez no llegó a verse consumado.
Raro es el escultor murciano que no ha sentido el deseo de crear un nacimiento: González Moreno, Planes, Clemente Cantos, Antonio Garrigós, Molera, González Marcos, Díaz Carrión, Antonio Campillo, entre otros, plasmaron su arte en nacimientos y belenes. En las postrimerías del pasado siglo adquirieron relevante importancia los talleres, entre ellos los de Mirete, Ortigas, Chacón, Bolarín, Abellán, Serrano, Griñán Nicolás, Nicolás Almansa o Pérez Garre.
La Navidad, una vez más, está aquí y con ella la tradición de montar el belén, en dura competencia con costumbres decorativas importadas que nada tienen que ver con el nacimiento de Jesús.
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