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Opinión | Grullas de papel

Reflejos en una copa de vino

Antinoópolis

Antinoópolis

ORÁCULOS

El día anterior había transcurrido entre reproches y palabras gruesas. Después de vestirse quiso ponerse su alianza de oro, accidentalmente esta cayó al suelo emitiendo un sonido fino, agudo, prolongando. De forma inesperada el anillo rebotó de la fría losa casi en vertical y pudo atraparlo al vuelo. Lo tomó por una buena señal, un oráculo venturoso: como la alianza no quedó sobre la tierra inerte, tampoco su matrimonio se hundiría en la ruina. Con optimismo y esperanza salió del hogar. Cuando volvió, encontró sus ropas y enseres, preparados para que los recogiera, en la puerta. Anduvo cavilando todo el día, preguntándose si cabía interpretar peor los mensajes que los dioses nos enviaban. Tomó de nuevo su alianza y la ofreció al dios del río.

EL SUEÑO DE LA VIDA

Los sabios tampoco pudieron hallar la salida de esta noche oscura. Contaron fábulas y se durmieron - (Omar Jayyam).

EL REFLEJO Y LO REFLEJADO

Son antiguos y conocidos muchos acontecimientos asombrosos en los que la naturaleza reprodujo ejemplares humanos de manera admirable. Personas, que sin ser gemelas, resultaban de un parecido pasmoso, auténticas réplicas unas de otras. A veces estos dobles ayudaron a suplantar a los emperadores y a los señores de este mundo. De esta manera fue posible que naciera la leyenda de un falso Nerón, o que se escribiera una historia inmortal como El prisionero de Zenda.

Plinio cuenta que Marco Antonio adquirió dos siervos para su placer personal, de los cuales pensaba que eran gemelos, una pareja de muchachos con una excepcional belleza. Espectáculo dichoso, hermanos que hubieran podido, como en las sagas antiguas, haber nacido de la semilla de un dios. Exactamente iguales, idénticos en los detalles más nimios e insignificantes, lunares o marcas de nacimiento; era como ver un reflejo vivo del uno en el otro. Marco Antonio estaba encantado con aquella doble manifestación, aquella geminación de la idea misma de belleza. Los compró de inmediato por una cifra astronómica, deseando incorporarlos a su servicio para ver todas las mañanas, desde su lecho, cómo dos soles daban la bienvenida al amanecer. Al llegar a casa, sin ni siquiera conocer sus nombres, descubrió que hablaban idiomas diferentes y procedían de lugares remotos y distantes entre sí, que por tanto no eran hermanos ni hubieran podido serlo jamás. Ofendido y defraudado, Marco Antonio, con ira de triunviro, exigió al tratante de esclavos la devolución del dinero. El muy avispado se negó. Demasiado tonto ya había sido, decía, por malbaratarlos negligentemente como simples gemelos, cuando hubiera debido venderlos por muchísimo más, siendo como eran una rareza inaudita, un enigmático prodigio de la naturaleza, jamás visto por nadie

KAGEMUSHA

Kurosawa cuenta que tras el fallecimiento del señor de Shingen un doble a las órdenes del clan Takeda suplantó la identidad del caudillo muerto; durante tres años, se convirtió en un señuelo, en un engaño, en una ilusión para distraer la atención del enemigo. Oda Nobunaga, gran rival de Shingen, fue completamente engañado. El término japonés para este encantamiento de los sentidos no es otro que «kagemusha».

El hombre empleado para la farsa había sido un vulgar ladrón. Vivió también convencido de ser un noble guerrero, obedecido, temido, venerado. Descubierto el engaño, la ensoñación terminó para todos. La realidad quedó abruptamente al descubierto. El noble Nobunaga, que amaba con pasión el teatro nô, al conocer la noticia, danzó con su abanico e interpretó la canción de Atsumori, acaso escrita siglos antes sólo para ser recitada en aquel momento:

-Breves son los años del hombre. Y la vida es un espejismo hecho de falsedad, sueño e ilusión. Acéptalo, te digo. Sólo entonces habrás sembrado la semilla de tu liberación.

Antinoópolis

Adriano no amaba a su esposa, pero dicen que amó a Antinoo, un muchacho más bello que el dios más hermoso. Por él, decían los poetas, brotaban encarnadas flores en las arenas del desierto. Ni el tiempo ni la vida ultrajaron la hermosura de aquel efebo, pues él mismo se ofreció como sacrificio a las aguas del Nilo en cumplimiento de un misterioso oráculo que jamás fue desvelado. Deseando honrarle, el emperador levantó una ciudad con su nombre; celebraron los augurios, trazaron sus ejes y respetaron los ritos ancestrales. Además, un Antinoo tras otro en prodigiosa seriación tuvo su templo en cada noble rincón del Imperio. Para no apartar nunca su mirada de aquel nuevo Adonis, esperando quizá la resurrección de su carne, Adriano mandó erigir innumerables estatuas con su imagen; aparecía melancólico, como con la mirada contemplativa de una diosa meditabunda ante una estela funeraria, otras veces iba ataviado a la egipcia, pero siempre había en él una mórbida sensualidad, propia de una civilización cansada que añadiera al cáliz de su vino el néctar del hedonismo y la nostalgia.

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