Opinión | Misa de doce
Edad mental
Hemos acabado normalizando una situación e invisibilizando un problema estructural que nos plantea como escenario normal unos jóvenes sin independencia viviendo con sus padres hasta los 40 años o más

Un bloque de viviendas en construcción en la ciudad de Cartagena. / Loyola Pérez de Villegas
Se acerca el final del año y como reza la canción de Mecano, Un año más hacemos el balance de lo bueno y malo.
En los últimos años la archiconocida plataforma digital de música en streaming Spotify ha puesto de moda su ‘wrapped’, un resumen de la actividad musical que el usuario de la plataforma ha tenido a lo largo del año en base a las canciones y artistas que más ha escuchado.
Este año, como novedad, la susodicha plataforma ha implementado nuestra ‘edad musical’ en función de la década de las canciones a la que más nos hayamos trasladado. Es decir, si un chico de 19 años escucha música de los 70 su edad musical, según este algoritmo, estará en torno a los 64.
Escuchar música es una de las actividades más estimulantes que existen y dependiendo de qué tipo de género y artistas escuchemos nos conectará con otras culturas y, al margen de definir nuestra edad musical, subrayará también la mental. Concepto, por otra parte, que está cambiando ya que durante los últimos años estamos retrasando hasta límites casi obscenos nuestra edad de madurez.
Y esto último, a mi juicio, retrasar las etapas vitales de la vida, no es una cuestión baladí que obedezca a modas o al azar, sino que es la respuesta que la sociedad ha dado a la quiebra del sistema. Un sistema que hace aguas y que se defiende reforzando la dependencia de los hijos respecto a los padres como mecanismo de supervivencia. convirtiendo la familia en el auténtico colchón y escudo social.
Y es que hemos acabado normalizando una situación e invisibilizando un problema estructural que nos plantea como escenario normal unos jóvenes sin independencia viviendo con sus padres hasta los 40 años o más.
Está reacción social ha hecho que la presión política se reduzca y que las administraciones competentes en solucionar el problema, probablemente el que más preocupa hoy por hoy a la ciudadanía de nuestro país, hayan optado por promover retrasar nuestra edad mental e inocular a la población el virus del síndrome de Peter Pan para, de este modo, demorar al máximo la etapa de madurez y hacer creer al personal que con 40 años sigue siendo joven y, por lo tanto, que es normal estar viviendo en casa de papá y mamá cuando, en realidad, es un fallo del sistema.
Que el Estado no asuma su responsabilidad y se erija como el principal responsable del gravísimo problema que los jóvenes españoles tienen para acceder a la vivienda y descarguen sobre la estructura familiar toda la presión del mismo, probablemente sea la solución más sencilla y la que, de momento, nos está salvando el culo, pero también la más irresponsable de cuantas podemos acometer porque llegará un momento, y no falta mucho, en que la generación que nos sostiene ya no esté, y entonces acabará saltando todo por los aires.
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