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Opinión | Este humano desorden

Miguel Sánchez Robles

Las cosas buenas que morirán con Robe

Con esa voz hecha de hierro tierno y cigarrillo mal apagado y con esa claridad que solo tienen los iluminados laicos sin santidad alguna, siento que está nombrando todas las cosas buenas de una de esas épocas que se marchan despacio y nadie se entretiene en enterrar

El guitarrista y cantante de Extremoduro, Robe Iniesta, durante un concierto.

El guitarrista y cantante de Extremoduro, Robe Iniesta, durante un concierto. / Alberto Martín / EFE

Hay épocas que no mueren del todo, pero se van de pronto sin hacer ningún ruido, abandonan el mundo como un perro cansado que se marcha del pueblo al amanecer. Son épocas que no dejan cadáver, solo ceniza fina en los bolsillos. Cuando escucho cantar a Robe Iniesta con esa voz hecha de hierro tierno y cigarrillo mal apagado y con esa claridad que solo tienen los iluminados laicos sin santidad alguna, siento que está nombrando todas las cosas buenas de una de esas épocas que se marchan despacio y nadie se entretiene en enterrar.

Robe ha muerto como si fuese el último animal libre que quedaba ya en un bosque talado. Escucho Si te vas y comprendo que hay voces que nacen para recordarnos lo que sentimos y fuimos cuando creíamos que algo bueno era posible, aunque no supiéramos muy bien qué. Nunca hemos sabido muy bien qué. ¡Qué: esa palabra tan urgente!

En torno a Robe siempre hubo una especie de comunidad que escuchaba su música para sobrevivir a la juventud, e incluso a la adolescencia; los que bebían litronas con la sensación de estar comprendiendo de verdad lo que ocurre en la Tierra y dentro de sus almas, y los que encontraban en sus letras una perfecta coartada para no volverse cínicos o mansos. Y en ese estremecimiento de sus palabras y de la desgana divina con que cantaba, está el lamento por todas las cosas buenas que morirán con él y con su época, que también es la nuestra:

La valentía de decir lo que uno piensa sin pedir perdón a nadie.

La alegría imperfecta de los bares donde la gente bebe y habla sin miedo a la ebriedad y los camareros saben tu nombre y te llevan a casa si es necesario.

La épica luminosa de caminar de madrugada hacia ninguna parte.

La fe de cambiar el mundo para que el fracaso no esté penalizado.

Los romances que duraban lo que dura una existencia entera.

La íntima rebeldía de quien se niega a ser domesticado por los tiempos que corren.

La dignidad de las tareas que no tienen glamour pero que salvaban gente.

El encanto de no saberlo todo y equivocarse con grandeza.

La libertad de desaparecer sin tener que dar explicaciones.

La ternura secreta de quien se sabe frágil y aun así sostiene a los demás.

La risa inesperada de una tarde en la que todo parecía mediocre.

El poder de las verdades dichas a bocajarro.

La música que nos recuerda quiénes éramos cuando todavía soñábamos sin tasa.

Y también morirán cosas, otras cosas más domésticas, pero igual de hermosas, y que de alguna forma pertenecen también a ese pequeño universo que tiembla alrededor de lo que todos somos ahora. Cosas como la radio que sonaba en la cocina mientras alguien pelaba una naranja o los zaguanes y portales oscuros donde los adolescentes nos besábamos con sagrada torpeza o los discos que se escuchaban enteros y eran como seguir la liturgia de un mapa. Y sobre todo morirá con Robe Iniesta la elegancia de llegar tarde a los sitios porque la vida se había puesto hermosa, muy hermosa.

Robe, tal vez sin pretenderlo, con esa humildad suya de profeta despeinado, ha sido también el cronista de todas esas pérdidas. Mientras el mundo se industrializaba emocionalmente y menguaban las certezas, él seguía susurrando en sus canciones que la belleza aún está en lo que no funciona del todo, en lo que se ha roto o vibra por error, en quienes conocen el temblor como quien ha dormido alguna vez con lobos.

Sus canciones eran la última resistencia, la última patria pequeña donde aún estaba permitido sentir y romperse y vivir de verdad. Robe ha muerto, pero quedan esas canciones suyas que son como una rabia antigua mezclada con ternura, que poseen una lucidez dulce que no se aprende, sino que se padece con orgullo. Que son un catálogo de resistencias, un evangelio para supervivientes que no piden milagros, sino un poco de sombra donde llorar sin tristeza. No solo de tristeza llora el hombre. Hay muchas cosas más por las que llorar. Hay que llorar incluso por todos los que viven y todo lo que se va.

Y también hay en sus canciones una promesa mística de lo que aún podemos llegar a ser y a sentir. Una grieta por la que entra la luz, una luz desgarrada que ilumina sin ansia lo que todavía arde dentro de las ruinas.

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