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Opinión | PAN PARA HOY

El gran invento del hombre

Pasa otra semana y no tengo ni idea de qué escribir. En la biblioteca, me evado del estudio intentando comenzar esta columna, pero como solo era una excusa de vago, no me sale nada. Tengo suerte, porque casi todas las semanas ocurre algo más o menos interesante de lo que hablarles. No es que mi vida sea la de Juan Belmonte, pero cuando la cosa no da para tanto, uno le echa un poco de literatura y arregla el desaguisado.

Hace unas semanas quería ir al concierto de Fenómenos Extraños, grupo creador de la electrojota. Celebraban su no sé qué aniversario. A mí me pilló en Granada. Me acuerdo frecuentemente de su canción El gran invento del hombre. ¿A quién le importa la rueda si la comparamos con el bocadillo de tortilla de patatas? Pues seguramente a algún francés, que inventó una triste tortilla de puro huevo a la que tuvimos que añadir jamón para alegrar nuestras tristes y afrancesadas cenas. Dos de mayo: chúpate esa, tortilla francesa

Lunes de madrugada: después de celebrar el día de la patrona de Estepaís (anteriormente llamado España), me engancho a la radio para seguir la previa del derbi. Un señor que se llama como mi padre y habla como mi padre encuentra en las inmediaciones del Estadio Cartagonova a Alejandro Campillo, vocalista inconfundible de Fenómenos, quien me recuerda mi omisión para con las letras y la cena del domingo.

Probé la tortilla de una amiga este verano. Durante el curso vive en Madrid, fonda de todas las perversiones. Allí encuentra uno lo más selecto de la charca (a este concepto, ‘charca’, quizá dediquemos un artículo en otro momento). De la capital se ha traído una increíble labor en favor de la salmonelosis, dejando las tortillas apenas cuajadas, de manera que no puedan ser llamadas sopas por mera formalidad. Tortilla no newtoniana. Pero a veces hay que tirarse a matar sin muleta y capuzarse en la charca como los valientes que piden ensaladilla en los chiringuitos de verano. De ellos es el mundo, porque la fortuna ayuda a los audaces. Novios de la muerte.

Esta semana volví a probar otra de la misma maestra cocinera. Trabajó en una cocina que no era la suya, y ya se sabe que fuera de casa se firma el empate por eso de la media inglesa. Aprobada, 0-0. Sé que puede mejorar. Confío en sus capacidades y la emplazo en el futuro. Lo que sobró me lo desayuné, y me supo mejor que por la noche. «El gran invento del hombre, aunque es importante la existencia del fiambre». Tengo algo de Esaú, porque solo escribo para que me vuelvan a hacer de comer.

Y por si alguno se lo pregunta: cebolla o barbarie.

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