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Opinión | Así somos

El cerebro optimista

Es frecuente encontrar en las investigaciones actuales sobre la biología del comportamiento estudios que, llevados a cabo con tecnologías avanzadas, se limitan a confirmar ideas establecidas por el sentido común, propias del hombre de la calle. Ocasionalmente, estos hallazgos validan lo narrado hace mucho por brillantes escritores.

Así, uno de los comienzos de novela más conocidos en la historia de la literatura universal es el de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen, pero todas las familias desgraciadas lo son cada una a su manera». Esta frase inspiró una investigación de Yukiani Yanagisawa y colaboradores de la universidad de Kobe (Japón), publicada este mismo año en la prestigiosa revista PNAS (Actas de la Sociedad Americana de Ciencias), que comparó la actividad cerebral de las personas optimistas y pesimistas cuando imaginaban cómo reaccionarían ante sucesos futuros con importantes consecuencias positivas, neutras o negativas.

Los optimistas mostraron una actividad cerebral similar entre ellos, más prominente en un área concreta del lóbulo frontal del cerebro. Los pesimistas ofrecían mucha más diversidad en la actividad de sus áreas cerebrales al imaginar esos mismos acontecimientos futuros y sus consecuencias. Puede afirmarse que, siendo optimistas, la naturaleza imita el arte. El genial León Tolstoi describía muy bien lo que estos investigadores descubrirían unos ciento cincuenta años después. Los optimistas se parecen mucho, al menos cerebralmente, entre sí, mientras que el cerebro de los pesimistas se activa de forma diferente entre ellos al imaginar las cosas que le pueden suceder.

Anticipar el placer

Afortunadamente, el trabajo de los investigadores proporcionaba otras interesantes diferencias entre la forma de afrontar el porvenir de unos y otros. Los optimistas imaginan los acontecimientos futuros positivos de forma más vívida que los negativos, piensan que es más probable que ocurran y, además, que no tardarán mucho en materializarse. El resultado práctico es que adelantan el placer de lo bueno, anticipan el resultado satisfactorio y lo gozan como si, en parte, ya lo estuvieran viviendo. Dan más prioridad y relevancia a los futuros sucesos positivos y, al mismo tiempo, minimizan la probabilidad de los negativos. Tienen, como se ve, más razones para estar contentos.

El optimista imagina el futuro de forma que valora emocionalmente y de forma separada los sucesos positivos y los negativos. Estos últimos tienden a considerarlos y afrontarlos de forma más general y abstracta, y los sitúa como psicológicamente más distantes. Esto no parece ocurrir en el cerebro del pesimista, quien distingue menos o encuentra menos diferencias entre los sucesos positivos y los negativos.

Una última conclusión es el impacto positivo de la manera optimista de afrontar la vida sobre las relaciones con los demás. Esperar más bienestar de ellas puede llevar a cultivarlas y cuidarlas más. Si, como afirma el trabajo de Yaganisawa y sus colegas, los optimistas tienden a pensar de la misma forma, interactuarán más con otros como ellos. Esto podría explicar el hecho de disfrutar de redes más amplias de contactos sociales, que les proporcionan más satisfacción y más apoyo, como ponen de manifiesto numerosos estudios.

Lo que también nos dice la investigación, el sentido común y la experiencia personal, es que esta no es toda la historia. Todo no sale siempre como uno espera; ni a los pesimistas les va siempre mal, ni a los optimistas les va siempre bien. De hecho, un optimismo excesivo puede ser perjudicial debido a varias razones, como la mayor propensión a adoptar decisiones de riesgo, la tendencia a no ser previsor y ser más bien descuidado, por ejemplo, en temas de salud o de inversiones. Ser pesimista y preocuparse en momentos de incertidumbre o cuando se anticipan peligros es, a veces, lo mejor que se puede hacer.

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