Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Análisis

Traición o estulticia

(A propósito de la exposición de Manuel Marín en el Museo Ramón Gaya)

Una de las salas del Museo Ramón Gaya habilitadas para acoger la exposición ‘Esculturas’ sobre el artista ciezano Manuel Marín.

Una de las salas del Museo Ramón Gaya habilitadas para acoger la exposición ‘Esculturas’ sobre el artista ciezano Manuel Marín. / Juan Ballester

Desde el pasado 26 de noviembre y hasta el 15 de marzo, el Museo Ramón Gaya tiene programada la exposición Esculturas del ciezano Manuel Marín. Aparte de algunas piezas en la entrada, el resto pueden contemplarse en las tres salas principales y más luminosas del museo. Sin embargo, para quien acuda durante este largo periodo en busca de la obra de su titular, la dirección ha reservado las pequeñas salitas de la primera y segunda planta, en la parte interior y menos iluminada del edificio.

Pero, ¿quién es Manuel Marín? Y, sobre todo, ¿por qué se expone su obra en el Museo Ramón Gaya? Estas preguntas, nada capciosas, surgen de inmediato. El propio autor de este texto, amigo personal de Ramón Gaya durante más de treinta años y licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Murcia, confiesa que nunca había oído hablar de él en el ámbito académico ni en el mundo artístico de la ciudad durante los últimos cincuenta años.

El museo ahora presenta una biografía de Marín que incluye sus inicios como torero en Cieza —con el apodo de ‘El Faraón’, inspirado en Curro Romero—, su etapa como ayudante en el taller de Henry Moore en Inglaterra, y su recorrido como artista independiente en Nueva York, donde se relacionó con figuras como Andy Warhol, Willem de Kooning o Basquiat. Pero, ¿son suficientes estos datos para justificar una exposición de cuatro meses en las salas principales del museo?

Controversia en torno a la exposición

Muchos consideran que la mayoría de estas construcciones son copias de las esculturas cinéticas de Alexander Calder y el resto simples entretenimientos infantiloides. No es esto lo que motivó a Ramón Gaya a donar a su ciudad natal una colección extraordinaria y a dedicar su vida a preservar el hilo perdido de la Pintura.

Incluso los estatutos de la Fundación Museo Ramón Gaya establecen que el museo debe mostrar la obra de su titular y difundir su legado y pensamiento. Las exposiciones de otros artistas solo deberían incluir a quienes se relacionaron con Gaya o cuyas obras tienen puntos en común con su pensamiento pictórico. Por ello, resulta cuestionable que se exhiban en estas salas principales obras que contradicen la esencia del museo.

El legado de Ramón Gaya

La grandeza de Ramón Gaya reside en haber sabido trascender su época y preservar la Pintura tradicional, la más auténticamente viva, evitando que se perdiera sin posibilidad de retorno. Que su ciudad natal haya apostado por albergar y cuidar este milagroso caso de destino es un privilegio que algunos parecen ignorar.

La mayoría de estas ‘construcciones’ son unas viles copias de las esculturas de Calder

El Museo Ramón Gaya no puede convertirse en un espacio más para exponer cualquier obra, especialmente si estas contradicen su esencia artística. Al recorrer las salas que ahora albergan lo que muchos consideran impostura, resulta inevitable pensar en la tristeza que sentiría Gaya, viendo que ni en su propia casa han sabido entender su legado.

Una pena, aunque finalmente las cavernas quedan como refugio y consuelo.

Tracking Pixel Contents