Opinión | El retrovisor
Cordiales

La calle Trapería de Murcia en Navidad, 1968 / Archivo TLM
Hace sesenta años, por estas fechas del almanaque, a tiro de piedra de la Navidad, las calles Platería y Trapería aparecían abarrotadas de viandantes en un trasiego y ajetreo continuos. El Gato Negro, en su ubicación tradicional de la Trapería, al igual que hoy, aparecía saturado de un público que buscaba con ahínco un décimo de la lotería navideña. Los escaparates de los comercios lucían en todo su esplendor, ajenos a la flamante Gran Vía de José Antonio. La plaza de Joufré, en la Platería, desprendía efluvios de «tostones» (entiéndase palomitas), mientras ‘El Hércules’, en su tenderete cultural, voceaba las novelas de Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Enid Blyton o las aventuras del Zorro. En Sucesores de Nogués se despachan por cientos los tarjetones navideños ilustrados por Ferrándiz; felicitaciones que portarían los carteros, aprovechando la oportunidad para dejar su propia tarjeta ilustrada: «El cartero le desea Felices Pascuas», que supondría un pequeño aguinaldo, al igual que todo tipo de repartidores, como el lechero, el sereno o el bombero. Los guardias urbanos hacían ostentación de la generosidad de los usuarios de la vía pública, mostrándose rodeados de cajas de sidra, cerveza, turrones y todo tipo de productos propios de estas fechas.
En las aulas colegiales, los aspirantes a bachiller, pese a los exámenes trimestrales, mostraban nervios patentes ante la llegada de aquellas modestas y hogareñas vacaciones.
Huertanos agradecidos, vestidos con blusón y sombrero de hongo, cruzaban el Puente Viejo cargando animales vivos: pavos, capones, conejos, presentes de generoso agradecimiento para el médico, para el abogado o para el director de banco que les concedió el préstamo ansiado.
En los patios de luces, los pavos se jaleaban con sus estrafalarios cantos, ignorantes de su fatal destino. La Pascua se intuía, apenas sin los adornos navideños actuales, y los belenes y nacimientos se prodigaban en organismos, iglesias y hogares. Las cocinas te envolvían con los efluvios que allí, madres y abuelas, preparaban con mimo y extrema discreción ante los más pequeños de la casa: cordiales, tortas de Pascua, mantecados, orejas de fraile, sultanas de coco, inundaban con sus golosos aromas las casas de los murcianos.
No, entonces sólo se tenían referencias de Papá Noel y de Santa Claus gracias a las películas de Walt Disney y a los tebeos de la Editorial Novaro que llegaban traducidos desde el nuevo continente. Con el discurrir de los años, la Navidad ha evolucionado, olvidando su fin y sus orígenes: conmemorar el nacimiento de Jesús, fiestas que van a menos al convertirse en un canto al consumo desaforado.
Todo se inicia con las comidas de empresa, que son mucho peores que las comidas de trabajo, que ni son comidas ni son trabajo. Si existe algo insufrible es un jefe que quiere ser gracioso y picante, a sabiendas que su única intención es sacar la información necesaria para dejar a alguno en la calle o saber si fulanita está liada con menganito, o si la otra se va a quedar embarazada en el año entrante, todo ello bajo los efectos del cava peleón. Un jefe puede llegar a ser mucho peor que un cuñado y sus miserias de todo tipo que expone sin ningún recato.
Los «tardeos» son la última novedad, son las nochebuenas a mediodía que se prolongan hasta la noche en forma de aperitivo, lo que despierta sentimientos apasionados hacia el prójimo con la conocida jaculatoria de ¡Feliz Navidad!, mientras te humillan con el tufo a ‘Beefater’. Tanto se ha popularizado el aperitivo del día de Nochebuena que algunos no dan el habla, ahorrándose así la entrañable cena familiar. Igualmente, ponerse ciego a marisco es ya un mero recuerdo debido a los precios abusivos que sufrimos. Degustar un par de huevos fritos o un plato de jamón se ha convertido en un atraco, siempre y cuando no te dediques a la política en sus distintas vertientes de lameculos y los suculentos sueldos que perciben los estómagos agradecidos, hoy desafortunadamente tan de moda.
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