Opinión | De dioses y de hombres
Tierra de prodigios

Valle de Ricote, Blanca. / L. O.
Vivimos en constante transformación. La vida es un fluir imparable que trasciende nuestra propia muerte y se prolonga más allá. Muestra de ello es el cambio constante sobre el paisaje que nos rodea: poco tiene que ver lo que nuestros ojos contemplan con lo que vislumbraron generaciones anteriores. Pero esta afirmación, evidente y aparentemente simple, encierra el posible peligro de no creernos responsables en la conservación de lo que nos rodea. Deberíamos proyectar con una actitud consciente el cuidado -ampliamente entendido- de aquello que nos gustaría que perdurara. El problema radica en no saber qué queremos que siga aquí cuando ya no estemos; o que esto, tristemente, nos sea indiferente.
Hay lugares a los que siempre vuelvo, espacios que han sido dibujados durante siglos con un mimo y una fuerza especiales. Parajes, pueblos y ciudades que con los años he ido incorporando a mi mochila vital casi como si fueran una prolongación de mí mismo. Son esos espacios, cercanos o lejanos a nuestra rica geografía murciana, los que me gustaría preservar y proteger del huracán del mutable tiempo. Dentro de nuestras fronteras regionales tenemos una diversidad asombrosa, unos contrastes paisajísticos y etnográficos admirables. No hace falta que mencionemos demasiado; baste echar una mirada desde los bellos pueblos del Noroeste al litoral que baña el Mar Menor o el Mediterráneo. Sin embargo, me van a permitir que les invite a adentrarse en otro paisaje, agreste y fecundo, que conozco bastante bien y que es pleno de historia y naturaleza. Un paisaje unido a un río y su memoria; un lugar de esa Murcia interior que es sinónimo de huerta, montaña, agua y prodigio. El valle de Ricote es un enclave hilvanado a la memoria de miles de murcianos desde tiempo inmemorial. Un paisaje frágil y amenazado que ha sido moldeado por el cauce del río Segura y la explotación que el hombre ha hecho gracias a la riqueza de sus aguas. Un paisaje que forman la unión de seis pueblos: Ricote, Blanca, Ojós, Ulea, Villanueva del Segura y Archena. Recorrer y adentrarse en el entramado de sus caminos y senderos puede ofrecer una experiencia única y un disfrute para los sentidos; un latir sosegado donde la vida se demora aún entre limoneros y viejas casas con patio. Todos estos pueblos han estado marcados, como ya he indicado, por la presencia del río que los cruza (excepto a Ricote), pero también por la presencia secular de la órdenes militares de Santiago y la de San Juan de Jerusalén, ésta última únicamente en la villa de Archena. Importante es mencionar que el valle de Ricote fue el último lugar de presencia de población morisca en la península hasta 1613 y que el trazado de pequeña medina aún es palpable en sus calles. Son tierras intrínsecamente romanas, árabes y cristianas; un friso polícromo donde lo popular y lo señorial todavía conviven. Las seis iglesias parroquiales que configuran el valle poseen -todas ellas- un valor artístico destacado; pero me gustaría destacar la de San Bartolomé de Ulea, posiblemente la más interesante de todas. Templo construido principalmente en el siglo XVI y que atesora un singular artesonado mudéjar. Pero no sólo son estos templos los tesoros que podemos apreciar. La romántica finca de La Marquesa, entre Ulea y Archena, es uno de los enclaves privados más valiosos y bellos de toda nuestra Región. El palacete de la poderosa familia Llamas en Ricote, con su imperial escalera y su barroca forja; el caprichoso y pintoresco Gurugú de Ulea; el viejo lavadero de Ojós; el castillo de Blanca con sus tres torres desafiantes del tiempo y la siempre presente y poderosa presencia del señero pico de los Almeces son fundamentales. También, por contra, encontraremos el espantoso residencial de la Morra, ejemplo del mal gusto y de la especulación voraz de la Murcia que más detesto.
He recorrido el valle de Ricote a pie, corriendo y en bici de montaña en infinidad de ocasiones. Me he bañado en las aguas del Segura con la felicidad del que no teme nada aún; he sido plenamente dichoso en muchos de sus rincones. De uno de sus pequeños pueblos partió mi abuela, en medio de la Guerra Civil, para casarse con mi abuelo y mi padre colmó su recuerdo con evocaciones que alimentaron mi amor por las palabras y por este paisaje. Hace unas semanas recorrí con mis hijos algunos de estos lugares, y no podía dejar de pensar en la importancia de preservar aquello que amamos; en la riqueza de un paisaje que perdura y que nos conduce sabiamente a través del tiempo.
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