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Opinión | Miradas furtivas

La Constitución del olvido y el perdón

Calle Merced y entrada a la Universidad de Murcia (1976).

Calle Merced y entrada a la Universidad de Murcia (1976). / L. O.

Es verdad que, para cualquier joven actual -como para muchos no tan jóvenes-, la Constitución se está convirtiendo en un precepto obsoleto, como viejuno y algo por superar. Y es que el mundo actual cambia vertiginosamente y lo que ayer nos podía parecer totalmente lógico y justo, quizá hoy no alcance ni siquiera para convencer a algunos sobre la necesidad de una norma que esté por encima de unos y de otros. Es por esto que cada día estoy más convencido de que la Historia -así, con mayúscula-, no es nada más que la superación por parte de la sociedad y, por tanto, el olvido colectivo, de aquellos sucesos o acontecimientos que removieron nuestras vidas en alguna ocasión, por lo que, tal día como hoy, en el que celebramos nuestra actual Constitución, acaso nos encontremos con la más certera y necesaria conmemoración de cuantas podamos realizar los españoles en este momento.

Creo que fue el destino lo que llevó a muchos españoles a considerar la llegada de Franco en el 36 como una salvación, de ahí que la educación que recibieron los hijos de aquellos -entre los que me encuentro-, estuviera también marcada por un destino parecido; aunque no ya como salvación, pero sí como la de vivir con una disciplina y un orden absolutamente necesarios para lo que entonces entendíamos por convivencia. Sin embargo, con la llegada de aquellos aires nuevos que se produjeron en nuestro país a partir de finales de los sesenta, así como con la posterior muerte del dictador, los españoles emprendimos la emocionante y necesaria tarea de comprender y aceptar a nuestros contrarios de pensamiento, algo que culminó exitosamente con la Constitución del 78. Personalmente viví un hecho que me sirvió para darme cuenta de su enorme valor: La noche del 23 de febrero de 1981, cuando el golpe militar de Tejero aún no se había encaminado hacia su fracaso, recibí una llamada de mi padre -el franquista- para preguntarme cómo estaba, pero, en un momento de la conversación, recuerdo que también me dijo: “¡Qué disparate, una vuelta atrás!”.

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