Opinión | Grullas de papel
Las bodas del hombre y la serpiente

Laocoonte, El Greco, 1610.
El vuelo de los jilgueros
Había ocasiones, cuando se sentía feliz, que tenía la imperiosa necesidad de compartir esa alegría. No resultaba difícil que su mente abriera las puertas a la dicha. Le bastaba escuchar la voz de sus hijos, recibir noticias de un amigo querido, contemplar un amanecer o el sol de una tarde de otoño. A veces era suficiente con escuchar el agua rozando las paredes de una acequia. Deseaba, entonces, ofrecer un tributo al dios desconocido responsable de tanta felicidad.
Hablaba, en tales ocasiones, con una persona avara que capturaba jilgueros y los recluía en jaulas de madera para traficar con ellos. El hombre, si lograba reunir la suficiente cantidad de dinero, rescataba a una o dos de esas avecillas cantoras. Era un gran dispendio, pero pagaba gustoso. Después se dirigía a un paraje de monte que conocía bien, lejos de todas las miradas. Se apoyaba junto al saliente de una roca o cerca de un árbol. Recreaba en su memoria aquellos acontecimientos cercanos que habían hecho sonreír a su corazón. Abría la puertecita de las jaulas. Dejaba que volaran libres los jilgueros. Lloraba de alegría.
Veneno
La serpiente gigante estaba bien apretada contra él. Nunca hubiera imaginado semejante proximidad con nadie (Sameh Sangsuk).
El lago prodigioso
El cielo era una gigantesca masa azul, un estaque onírico y vaporoso, en el que enormes líneas blancas, como trazadas con pincel, flotaban alargadas, combadas, dobladas, adquiriendo formas caprichosas de tricomas que se hubieran separado de sus plantas, o incluso de bacilos, espirilos, protozoos y euglenas. A veces aquellos cirros imitaban forman serpenteantes de reptiles aéreos, dragones voladores bajo el cuenco celestial que cubre la tierra.
El Poema de Fernán González pretende que el conde de Castilla luchó contra Almanzor en el paraje de Hacinas. Las tropas cristianas vieron una serpiente en el cielo nocturno antes de la batalla. Estaba ensangrentada, esparcía gritos terribles y escupía fuego, de tal manera que iluminaba las tinieblas. Se aseguró que el prodigio de la bestia herida anunciaba la derrota musulmana. Aun así las tropas castellanas lucharon con el corazón helado por el miedo.
La serpiente
Durante la infancia de Jesús, consignada por tradiciones apócrifas, se cuenta que una serpiente atrapó a uno de los compañeros de juegos del Salvador. Apretaba tanto, que se temía pudiera asfixiar al niño. La víctima iba a todas partes con la indeseada compañera pegada a su pecho. Con su lengua bífida la serpiente, seguramente, hubo de renovar en el oído de su presa aquella profecía, que una vez sostuvo ante nuestros padres en el Paraíso:
-Serás como Dios.
Pero antes de que ambos se hubieran fundido en un único ser, Jesús espantó al monstruo y redujo al niño a su estado anterior.
En cierta ocasión unas serpientes fueron enviadas por la rencorosa Hera al lecho de Heracles aún lactante, a fin de que la tierna criaturita muriera envenenada; el héroe en pañales se puso a reír y a jugar con ellas, hasta aplastar sus cráneos entre risas y balbuceos.
En cambio, los romanos, tan brutales como supersticiosos, tenían por muy mal agüero soñar, en vísperas de una batalla, con parejas de serpientes reptando entre las sábanas del lecho.
La mano tendida
La noche antes de entrar en combate Germánico soñó con Quintilio Varo, quien había caído con todas sus tropas en Teotoburgo. El difunto general lo miraba fijamente, después le ofrecía su mano abierta, manchada de sangre. Germánico la rechazó. Amaneció. El ejército se adentró en un bosque espeso y oscuro; sobre las copas de los árboles colgaban osamentas de legionarios. Eran los hombres de Varo. Ganó la batalla. Cuentan que vivió lo suficiente para ser envenenado por el emperador Tiberio. Láminas de plomo con terribles maldiciones escritas se encontraron en sus aposentos.
Los hundidos y los humillados
Atlas, el titán, fue condenado a sustentar la bóveda celestial, pero sólo él podía conseguir las manzanas sagradas que otorgaban la inmortalidad. Cuando Hércules las deseó para sí, tuvo que ser él quien sostuviera el firmamento para que Atlas, abandonada por un momento su carga, pudiera entregárselas. Después tuvo que volver a echarse el universo sobre los hombros. Atlas es Cristo; y Hércules su Cireneo.
Encélado se alzó contra Zeus. Derrotado y destinado a no morir, yace enterrado vivo bajo un volcán, sangra lava incandescente por sus heridas y en ocasiones emite un grito desgarrador de ira y odio.
La recompensa de Laocoonte
Las serpientes se llevaron consigo, retorcidos de dolor, al célebre sacerdote y a sus hijos cuando estaban a orillas del mar. A punto había estado Laocoonte de frustrar las terribles intenciones que se escondían dentro del caballo de madera, y señalar a Poseidón como mentiroso frente a los altos muros de Troya. Pero todas las buenas acciones reciben el castigo que merecen.
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