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Opinión | Mamá está que se sale

Adviento

El tiempo de hacer sitio en la maleta

Encendido de luces del Gran Árbol de Navidad de Murcia con Richard Gere.

Encendido de luces del Gran Árbol de Navidad de Murcia con Richard Gere. / Juan Carlos Caval

Cada año llega el Adviento, ese tiempo solemne en el que, oficialmente, esperamos la venida del Salvador, y extraoficialmente el Black Friday o el amigo invisible. Parecen las dos caras de la misma moneda: unos celebran el sentido espiritual de las fiestas y otros el sentido festivo, sin importar nada más de fondo. Y no creas que me parece mal. Que el Niño Jesús viene a nuestra vida significa precisamente eso, que viene a nuestra vida cotidiana, tal y como es. Celebrarlo con unas rebajas —me he comprado un jersey precioso— es el ejemplo más claro de que no está reñido lo festivo con lo espiritual.

En Semana Santa pasa algo parecido: recordamos el sacrificio del Señor, pero ha empezado el buen tiempo y aprovechamos para comer en las barracas y pasar el rato mientras vemos la procesión. No pasa nada, no somos menos cristianos por eso, porque es en el corazón de cada cual donde hay que hacer sitio, tanto para la venida del Niño Jesús en Navidad, como para ser dignos del sacrificio de la Cruz en Semana Santa.

Hace años, cuando una de mis hijas hizo la primera comunión, el sacerdote les decía que la forma de prepararse para recibirlo era la misma que para recibir en casa a un familiar, o un amigo muy querido: poner la casa bonita, en honor del invitado, limpiando y quitando de en medio los enredos y las cosas que no la dejan brillar con los detalles bonitos que tiene. Entonces, para recibir a Jesús, tenían que tener el corazón así: sin estorbos de por medio, dejando que luzca todo lo bueno que tenía cada una en su corazón. Me pareció un símil muy bonito.

Así que el Adviento podemos decir que es el tiempo en que hacemos sitio en la maleta: unos harán sitio para irse de viaje en las ‘vacaciones de invierno’, otros haremos sitio para quitar todo lo que nos ha ido pudriendo el corazón a lo largo del año, para que cuando nuestro invitado llegue encuentre nuestra casa bonita. No es para presumir, ni de casoplón interior, ni de corazón bonito. Es para que encuentre un lugar acogedor, y se quede el mayor tiempo posible.

Por eso las luces, los árboles y los belenes no son solo decoración: son recordatorios silenciosos de lo mejor de nosotros. La vuelta al principio, la oportunidad de ser un poco más humanos, un poco más buenos, un poco más como deberíamos ser. El modo de poner nuestra casa bonita, de hacer sitio en la maleta, sacando lo que no es necesario en este viaje, para que quepa lo importante.

Cada Adviento vuelve el mismo mensaje: paz en nuestros corazones, perdón por nuestras torpezas, y amor como remedio y llave para abrir todas las puertas. El único mandamiento, en realidad. Coincide con el cambio de año, ese momento en que todos creemos —ingenuos y felices— que se vuelve a empezar. Da igual cuántas veces tropecemos: cada diciembre vuelve el Niño. Pongamos la casa bonita, y hagamos sitio en la maleta.

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