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Opinión | PAN PARA HOY

Sabina, de la protesta a la próstata

Joaquín Sabina, en su concierto de despedida celebrado esta semana en Madrid

Joaquín Sabina, en su concierto de despedida celebrado esta semana en Madrid / Ricardo Rubio / E.P.

Me confieso sin reparo sabinero advenedizo. En mi armario no hay muchas camisas viejas, pero me gusta lucir mis nuevas adquisiciones aunque sean de segunda mano. A los jovencitos fanfarrones como yo, borrachos de presente, nos molesta la impuntualidad ajena, lo que no nos impide cultivar la propia, que le hace a uno sentirse el hijo de la polla roja. Cuando se llega tarde casi a propósito, se observa el ordenado discurrir del caos en tercera persona, un caos que se ordena en torno a ti, ombligo rector de todo lo creado. Son ilusiones; basta.

Llego tarde a Sabina, aunque sea ya una figura atemporal. Atemporal es el mito, el poeta. Pero el cuerpo de las estrellas también camina hacia el ocaso. Él lo sabe. Prueba de ello es la serena aceptación del otoño que las canas le han traído de estraperlo. No me pesa llegar tarde, como al cantante no le pesa haber llegado pronto. El que llega pronto tiene tiempo para muchas cosas. Si en su Madrid saliéramos a la calle temprano, veríamos desperezarse a la ciudad, que estira sus brazos mientras le bosteza al amanecer y la boca de metro engulle al trabajador. Da tiempo a pensar en el café de la mañana, que dura más o menos lo mismo que la vida entera. En ella puedes equivocarte y recalcular ruta. ¿Qué queda de aquel Sabina de La Mandrágora? Seguramente todo, aunque enmendado por los correctivos del tiempo, que encauza a fuerza de palos el desvarío juvenil cuando el cantor deja la protesta y comienza a preocuparse por la próstata.

Sabina se ha resignado por fin a dictar testamento. Una gira sedente le ha servido para cosechar lo que ha sembrado en su dilatada carrera de trigo y cizaña. En sus conciertos han convivido y llorado la que graba en vertical para Instagram y esa pobre señora preconstitucional que empieza a filmar en vertical y le da la vuelta al móvil. Cuando pasa el vídeo por WhatsApp al grupo «Reencuentro antiguas alumnas Nelva Promoción 1963», su amiga Puri se da cuenta de que está al revés. Ella gira entonces su teléfono, pero por más que lo intenta, no hay manera de ponerlo derecho, oye. ¿Y eso qué más da?

Sabina es un lugar común, porque se ha injertado en el robusto tronco del cancionero español. La poesía, cuando es buena, no caduca nunca. Don Joaquín, con más arrugas, tiene algo de Gran Torino, de Michael Corleone en El Padrino III, lo que le hace más cautivador. El Sabina viejo es el viejo Sabina de siempre, aunque de vida más descansada y errores reconocidos. Morante y Sabina en el mismo año. Cuando se jubile Jordi Hurtado, yo me bajo de esto.

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