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Opinión | Las trébedes

Y el plástico ¿qué?

Imagen de archivo de un camarero sirviendo una cerveza.

Imagen de archivo de un camarero sirviendo una cerveza. / EFE/Rayner Peña R.

Nuestra ministra de Sanidad, Mónica García, médica de profesión, se hacía eco recientemente de uno de esos nuevos mantras con que nos vemos bombardeados diariamente y que provocan en nosotros sentimientos de culpa y hasta cierta ansiedad por no ser lo suficientemente obedientes y no cuidar nuestra salud como es debido. En este caso hablamos del “no hay consumo seguro de alcohol”, la ciencia lo demuestra, no hay ya ninguna duda, el alcohol es un tóxico y debe evitarse del todo. Se aboga por eliminar incluso la expresión “consumo moderado” porque, dicen, parece indicar que beber ‘poco’ alcohol no hace ‘mucho’ daño.

Vale, el alcohol perjudica la salud y puede provocar adicción. Ahora bien, la pretensión de una ‘vida sana’, curiosamente definida en términos de obligaciones y prohibiciones de conductas personales, que va permeando la sociedad entera parece atender solo aspectos corporales, y solo muy recientemente se oyen diríamos que balbuceos sobre la salud mental. Hay que comer más verduras y legumbres, menos carnes y grasas saturadas, hacer ejercicio, caminar x minutos a la semana… Pero ¿qué pasa con los factores que no están en nuestra mano, que no dependen directamente de nuestra conducta, que no podemos evitar, y que también está suficientemente demostrado por la ciencia [natural] que fastidian nuestra salud? Hay plástico en lo que comemos (y en todo nuestro ser corporal); hay pesticidas y disruptores endocrinos en verduras y carnes (y en cosméticos y en envases de alimentos); hay partículas muy perjudiciales en el aire que respiramos. Porque cada vez que nos vienen a decir que no comemos ‘bien’, que no caminamos lo suficiente, que si tomamos unas cañas con amigos o bebemos vino para celebrar el cumpleaños de la abuela, estamos incumpliendo el deber de cuidarnos ocurre lo mismo que antes con las revistas femeninas y ahora con las redes sociales: que nos invade un sentimiento de culpa tremendamente injusto. O sea, no atender las obligaciones físicas perjudica la salud mental… a menos que consideremos ‘sano’ el sentimiento de culpa y vergüenza.

Volviendo al tema, se debe evitar el alcohol para mantenerse sano; sea. La pregunta es si ese ‘vivir sano’ o ‘vivir más’ son verdaderamente sinónimos de ‘vivir mejor’. Dicho de otra forma, nos gustaría que, además de preguntar a las ciencias naturales cómo vivir mejor, se les preguntase también a las ciencias sociales o humanas: sociología, filosofía, psicología… claro que esto requeriría invertir dinero para financiar estudios igual de rigurosos y no más baratos que los de las ciencias naturales. Las humanas, consideradas siempre de segundo orden, como si fueran decorativas —y a las que, por desgracia, están destinados los estudiantes menos inteligentes y brillantes—, tendrían algo que decir en términos de bienestar, ese concepto tan escurridizo que las ciencias naturales evitan a toda costa pero que cualquiera incluiría en su idea de una ‘vida buena’. Sin estudios científicos que lo fundamenten, una diría que la felicidad también favorece la salud.

¿Cuánto mejora la vida compartir risas y conversación con compañía agradable, incluso si media en ello una copa de vino? ¿Cuánto mejoran la salud cardiovascular unos bailes con amigos, incluso si antes se ha tomado una mistela? ¿Cuántos amores felices han sido posibles gracias a la desinhibición facilitada por una cerveza? ¿Es posible que el placer tenga consecuencias favorables para la vida feliz, a pesar de un consumo ocasional y moderado de alcohol en personas sanas? Estaría bien que la medicina y la ciencia en general averiguasen las bondades del placer para la salud. Se podría definir “salud” física y mental en términos de bienestar, y usar como criterio de conducta el cálculo hedónico de Epicuro: elige aquellas acciones de las que se deriva mayor cantidad de placer y menor cantidad de dolor a largo plazo. Salud.

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