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Opinión | Así somos

Juego de voces

Cuando los niños, de entre 7 y 12 años, oían la voz de la madre aumentaba la actividad de las regiones cerebrales relacionadas con el placer y la recompensa, lo que no ocurría cuando escuchaban una voz ajena a su entorno que pronunciaba las mismas palabras

El paso de la infancia a la adolescencia es uno de los más importantes del ciclo vital. La transición va acompañada de cambios físicos y psicológicos, muchos de ellos visibles y otros más ocultos. Uno de los más llamativos giros en la conducta, que no siempre gusta a los progenitores, se da en las relaciones sociales.

Vida adolescente

En la vida adolescente, los cambios hormonales necesarios para completar el desarrollo físico, y en particular el del cerebro, dirigen con más fuerza la atención hacia las situaciones sociales y facilitan en mayor o menor medida las relaciones con los demás. En esta época pasa a ser crucial el hecho de pertenecer a uno o más grupos y de ser aceptado por sus miembros. Se es también más sensible a su aprobación o rechazo y a las presiones que se puedan recibir para realizar o imitar ciertos actos. Se está más pendiente de lo que proporciona disfrute o satisfacción, especialmente si son inmediatos. Estos cambios se reflejan en la actividad de las regiones cerebrales relacionadas con la emoción, el placer y la recompensa. El adolescente pasa a interesarse más y buscar ayuda y apoyo en personas ajenas a la familia que en sus contactos o allegados habituales. Es un proceso normal de preparación para desenvolverse de forma autónoma y emprender una vida independiente.

En 2022 una investigación de Daniel Abrams y sus colaboradores de la universidad de Stanford puso al descubierto un factor desconocido en la disminución del interés por familiares y allegados y en la inclinación a buscar relaciones en las personas ajenas a su entorno. Se trata de las importantes diferencias en la reacción del cerebro de niños y adolescentes al oír voces familiares y de personas desconocidas.

El cerebro social

Cuando los niños, de entre siete y doce años, oían breves secuencias de la voz de la madre aumentaba la actividad de las regiones cerebrales relacionadas con el placer y la recompensa, lo que no ocurría cuando escuchaban una voz ajena a su entorno que pronunciaba las mismas palabras. En cambio, los adolescentes mostraban mayor actividad en las regiones relacionadas con la recompensa al escuchar una voz no familiar que al escuchar la de su madre. Este cambio en la actividad cerebral se da de forma progresiva y se manifiesta ya con claridad a partir de los trece o catorce años. Hasta ese momento existe una preferencia hacia la voz de la madre.

Las áreas cerebrales donde se observaron estas diferencias forman parte de lo que se conoce como cerebro social. Este último marca, además de las relacionadas con la recompensa, las que intervienen en la atención que se presta a los demás, en cómo se valora su comportamiento, qué conducta es la más adecuada o conveniente cuando se está con otras personas y qué consecuencias puede tener.

Estos cambios cerebrales contribuyen al aumento de la sensibilidad hacia los mensajes y señales sociales en general y, en especial, hacia los que provienen de sus amigos y compañeros, los miembros de su grupo o personas de prestigio, como cantantes, ídolos deportivos o influencers.

La voz de la madre

Hay que señalar que la voz de la madre, y se piensa que la de familiares y allegados, continúa suscitando también una actividad cerebral importante. Sigue siendo relevante para el adolescente y, de hecho, cuanto mayor es la edad en el rango de siete a catorce años, más aumenta la respuesta cerebral. La conexión con los progenitores y allegados no sólo no se pierde, sino que se mantiene. La mezcla de lo conocido y de lo ajeno podría contribuir a fomentar la tendencia a la autonomía y hacer más fácil una futura vida independiente.

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