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Opinión | De dioses y de hombres

Talentos eclipsados

Violencia y machismo es también no dar visibilidad y reconocimiento a estas mujeres que brillaron con luz propia, en condiciones muchas veces más adversas que las de sus congéneres masculinos

Gerda Taro fotografiada por Robert Capa.

Gerda Taro fotografiada por Robert Capa. / Robert Capa

La vida está llena de personajes que todos conocemos y que, de una u otra forma, configuran eso que denominamos acervo cultural. Más de una vez he mencionado -en esta misma página- que en la construcción de ese ‘imaginario colectivo’ quedaron olvidados o eclipsados muchos hombres y mujeres verdaderamente destacados. Nombres que no trascendieron, en favor de otros que sí lo hicieron; no siempre de forma justificada. Pero el agravio es aún mayor cuando se trata del talento y trabajo de mujeres que fueron engullidas, opacadas, por hombres cercanos a su entorno.

Estos días atrás decía a mis alumnos más pequeños que violencia no sólo es golpear físicamente. Existen multitud de manifestaciones encubiertas en las que el maltrato a las personas que nos rodean es patente y palpable. Echando la mirada atrás, no necesariamente demasiadas décadas, no puedo dejar de pensar en esas mujeres que sufrieron la negación al acceso a estudios en beneficio de sus hermanos varones. Puedo sentir, de igual manera, indignación frente a la actitud vil y egoísta de hombres que dilapidaron dinero que no era suyo y que procedía de la herencia legítima de sus mujeres y hermanas, sin el consentimiento de éstas. Estos comportamientos encierran actitudes de desprecio y maltrato hacia la mujer que son, al igual que la agresión física o verbal, motivo de vergüenza para el género humano; para todo hombre que se precie llamarse a sí mismo de esa forma.

La historia del arte, tan necesitada siempre de revisión y profundización constante, está colmada de casos en los que mujeres con talento han sufrido el anonimato y el olvido. Llevado esto al extremo máximo cuando su obra ha sido aclamada pero atribuida indistintamente a padres, hermanos, maridos o amantes. Muchos serían los casos en los que podríamos encontrar similitudes con lo que hablo, en muy diferentes épocas, pero únicamente voy a mencionar algunos que, por cercanos o significativos, pueden ilustrar lo que comento.

En nuestro español Siglo de Oro, una mujer desafió convencionalismos y a la sociedad imperante al llegar a convertirse en escultora de cámara de los reyes Carlos II y Felipe V. Les estoy hablando de la sevillana Luisa Roldán: artista que se formó en el taller de su padre -siendo confundida muchas veces su obra con la de éste- y mujer que tuvo que luchar contra su propio marido, también escultor, que firmó numerosos contratos y obras en nombre de ella. El talento -sobra decirlo- lo tenía mucho más notable esta última que su cónyuge. La historia de La Roldana siempre me conmueve: terminó casi en la indigencia en el final de su vida, en aquella España barroca y compleja donde su obra, paradójicamente, rompía tinieblas y claroscuros con su fuerza y ternura.

También encontramos numerosos casos de mujeres que firmaron sus creaciones con nombres masculinos. Incluso hay documentos que dicen textualmente «que la obra realizada por una mujer no puede valer lo mismo que la del varón», ahí lo dejo. Conocido es el caso de Emily Brontë, la célebre autora de Cumbres borrascosas, que publicó la citada novela con el nombre de Ellis Bell; tendríamos que esperar a la segunda edición de la novela, ya muerta la autora, para ver su nombre junto al de su reconocida creación literaria.

Otra mujer a la que admiro, pero en este caso contemporánea nuestra, exquisita restauradora y magnífica conservadora del museo Salzillo: Amparo Muñoz Fernández me hablaba hace poco de la intervención que otra mujer realizó, en siglo XIX, sobre las obras de nuestro genio barroco por antonomasia. Estamos hablando en este caso concreto de una mujer murciana que vivió y trabajó en la transición de los siglos XIX y XX, hija y hermana de escultores, hablamos de Cecilia Sánchez Araciel. Su nombre y trabajo queda siempre empañado por los de su padre y hermanos. Otras mujeres, de distintos ámbitos creativos, vivieron situaciones similares como la compositora Clara Schumann, la diseñadora Lilly Reich o la fotógrafa Gerda Taro. Basten estos ejemplos, porque la lista sería interminable.

Violencia y machismo es también no dar visibilidad y reconocimiento a estas mujeres que brillaron con luz propia, en condiciones muchas veces más adversas que las de sus congéneres masculinos. Educar en la igualdad sigue siendo un tema importante y candente: en familias, escuelas y sociedad. No repitamos comportamientos pretéritos que nos empobrecen y embrutecen a todos por igual. Brillemos con los que brillan, hombres o mujeres, para que la luz de la cultura, del talento y de la creación artística sigan acompañando al ser humano en su búsqueda del sentido trascendente, que siempre ilumina el camino. 

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