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Opinión | Nos queda la palabra

Reserva espiritual

El papa Francisco, tan anticlerical como cualquiera que practique el verdadero cristianismo, hubiera sido excomulgado por no pocos beatos

Una de las imágenes de la Magna Procesión

Una de las imágenes de la Magna Procesión / Israel Sánchez

¿Porque todos somos anticlericales, verdad?, preguntó de nuevo  Javier Cercas a sus fieles murcianos. A la primera no vio que aquella aseveración recibiera el asentimiento esperado. Tuvo que repetirla puede que hasta tres veces, como San Pedro, para reafirmarse y asegurarse que la opinión era compartida por el numeroso público que congregó en el templo de la Biblioteca Regional de Murcia.

A solo cuatro días de la autodenominada magna procesión, algunos nos preguntábamos si el gran escritor no sabía en qué lugar estaba. Aunque en una de sus novelas aparece el Llano de Molina de Segura se ve que no está actualizado con el credo que recorre esta reserva espiritual de Occidente.   

Tan apartado que aquí el papa Francisco, tan anticlerical como cualquiera que practique el verdadero cristianismo, hubiera sido excomulgado por no pocos beatos.

El autor, que acaba de publicar El loco de Dios en el fin del mundo, pensó que, como el citado y el buen papa mandan, todas estaríamos frente a la jerarquía y al lado de ese revolucionario que fue Jesucristo.

¿Se imaginan que los fastos se hubieran inaugurado con una declaración pública de respeto a los inmigrantes, los pobres y los que sufren la tiranía de los más poderosos aquí en la Región de Murcia y en todo el mundo? Y, después, en una larga procesión, desprovista de cualquier alarde de riqueza eclesiástica y mercadotecnia, se llamara a ayudar a los colectivos que peor lo están pasando, aquellos que sufren tratos vejatorios, racismo, xenofobia y condiciones laborales inhumanas, por no decir de hambres y guerras más allá de nuestro ombligo.

Hubiera sido un milagro que el verdadero Jesucristo hubiera salido de la sacristía para, junto a todos los participantes, gritar contra la injusticia y la desigualdad social.

Conformémonos con que, como dicen desde la Glorieta, la gran luz que proyectará el árbol de Navidad de La Redonda se verá en las pedanías, que luego se quejan.

Hágase esa engañosa luz, pues nadie va a ser capaz de iluminarnos lo suficiente para saber cuánto costó la magna y quién la pagó…y, ante todo, cuál fue su objetivo.

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