Opinión | Cartagena D. F.
Llamaradas
Somos afortunados de que lo del Santa Lucía haya quedado en un susto, porque, cuando uno veía las imágenes de las llamas arrasando la fachada del bloque 5, se temía lo peor

El Santa Lucía calcinado, a vista de dron / Ayuntamiento de Cartagena / La Opinión
Trivializar sobre una posible tragedia es de mal gusto, por eso, me gustaría dejar claro desde el principio que el incendio en el hospital de Santa Lucía es cosa seria. Somos afortunados de que haya quedado en un susto, de que apenas haya que lamentar daños materiales, porque cuando uno veía las imágenes en las redes sociales de las llamas arrasando la fachada del bloque 5 del complejo se temía lo peor. Otra vez sacan las castañas del fuego (nunca mejor dicho) los servicios de emergencia y los sanitarios. Su rápida intervención evitó que hoy hablemos de otra cosa y que, gracias a Dios, no muriera nadie, o como se dice con eufemismos, no haya daños personales. Impresiona ver al personal del hospital empujando las camas por los pasillos con el humo acechándole a sus espaldas.
La pena es que estos episodios siempre avivan otras llamaradas, las del fuego de la política. Más allá de las responsabilidades que deba asumir cada uno según el cargo que ocupe, resulta penoso comprobar cómo se utilizan estos sucesos como armas arrojadizas.
Partamos de que nadie en su sano juicio desea que ocurran estos incidentes; aún menos de que acaben en desgracias mayores. Añadamos que, como accidentes que son, podemos evitarlos, siempre que adoptemos las necesarias medidas de prevención. Los problemas surgen cuando la prevención y la seguridad se ven como un gasto, en lugar de como una inversión, porque la ausencia de accidentes supone un ahorro mayor que afrontar el coste que conlleva repararlos; por no hablar de que salvar vidas no tiene o no debería tener precio.
Los accidentes suelen ser consecuencia de errores humanos, más allá incluso de los desastres naturales, como terremotos o danas, contra las que también podemos poner de nuestra parte para minimizar sus impactos. Por ahí debe ir el debate, por consensuar medidas efectivas contra incendios e inundaciones. Claro que resulta complicado y supone un coste más o menos elevado, pero nada comparado con el que tiene perder una sola vida. Esto debemos aplicarlo a cualquier proyecto que desarrollemos de forma individual o colectiva, en nuestras casas o en lugares comunes y, por supuesto, más si cabe en espacios como un hospital. Allí, las personas ingresadas tienen evidentes problemas de movilidad, por lo que resulta más compleja una evacuación.
Cruzar reproches y exigir responsabilidades a quien las tenga es lícito, pero los mayores esfuerzos deben dirigirse a prever estas situaciones y adoptar las soluciones para que no se produzcan.
Si como apuntan las primeras pesquisas, el origen del incendio fue una colilla mal apagada, queda claro el fallo humano, sin criminalizar a nadie, porque algunas personas afirman que en las terrazas del hospital fuma mucha gente. ¿De qué sirve que haya una normativa que lo prohíbe? Por eso, apelemos, en primer lugar, a la responsabilidad personal, pero también a la aplicación de las medidas de control contra quienes incumplen lo establecido.
El material inflamable que recubre la fachada también centra el debate posterior al incendio. Algunos han tardado poco en compararlo con el que se utilizó en la construcción del edificio que ardió en el valenciano barrio de Campanar, donde murieron diez personas hace un año. Sin alarmismos, los expertos son los encargados de determinar que el ya famoso polietileno es tan peligroso como apuntan y, en tal caso, ya tardamos en eliminarlo por completo de cualquier inmueble de cualquier tipo, además de suprimirlo para siempre como componente para cualquier futura construcción.
Son muchas las ocasiones en las que sabemos qué hay que hacer para prevenir situaciones de riesgo, cosa bien distinta es que actuemos en consecuencia. Decía el poeta Alexander Pope en una célebre cita que «errar es de humanos, perdonar es divino, rectificar es de sabios». Que el error, voluntario o involuntario, es inherente al ser humano, tiene poca discusión, por eso, prefiero quedarme con la segunda parte de la frase, que ofrece la oportunidad del aprendizaje para alcanzar la sabiduría necesaria que nos impida tropezar dos veces con la misma piedra. O con el mismo fuego. Pretender la eliminación de los factores económicos en cualquier proyecto es ridículo, pero sí podríamos incidir en fijar las prioridades. Supongo que pocos dudarán que la seguridad es una de ellas, por encima de muchas otras, porque, entre otras cosas, garantiza nuestra supervivencia.
En realidad, poco nos queda por descubrir de los secretos de la vida, puesto que ya en la antigüedad, los filósofos griegos establecieron las bases de la naturaleza humana. Sócrates nos enseñó que se puede ser sabio a la vez que humilde. «Solo sé que no sé nada», admitió. Empecemos por ahí, por reconocer nuestras carencias y hacer caso a los expertos en cada materia, sin más condicionamientos que la razón y el sentido común, sin construir relatos basados en nuestros limitados cimientos y conocimientos.
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