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Opinión | Pintando al fresco

Dos libros

Lo mismo me trago lo último de Murakami que lo que consigo en los libros de viejo a los que soy muy aficionado

Juan Marsé.

Juan Marsé. / FERRAN SENDRA

Siempre he sido y sigo siéndolo un lector algo desordenado, es decir, que lo mismo me trago lo último de Murakami que lo que consigo en los libros de viejo a los que soy muy aficionado. Y hoy me gustaría hablarles a ustedes de los dos libros de segunda mano que acabo de leer. Se trata de Señas de identidad, de Juan Goytisolo, que ya había leído hace mucho tiempo, y de Rabos de lagartija, de Juan Marsé, que ha sido considerado uno de los mejores libros publicados en España en los últimos cincuenta años. El de Goytisolo salió a la luz por primera vez en México en 1966. En España estuvo prohibido por la censura franquista hasta 1976. El de Marsé es del 2000, pero ambos tienen cosas en común y quizás algunas lecciones para el presente, pues hablan de nosotros, los españoles, y de nuestra vida diaria en otros no tan viejos tiempos.

En primer lugar les diré que ambos libros son bastante tristes. El de Goytisolo es una belleza en cuanto a cómo está escrito. Parece mentira que un autor catalán, que se ha pasado tantos años fuera de España, pueda escribir en castellano con ese léxico tan rico, con esa capacidad tan enorme de expresar, de contar, de describir. Entre otros objetivos más literarios, el libro tiene una motivación expresa, hablar de la vida en España en los primeros años después de la guerra civil, fundamentalmente en los pueblos, aunque también se refiera a los ambientes en las grandes ciudades. Ocurren cosas en lugares que nos son muy cercanos como Yeste o Águilas. Se producen abusos, detenciones, alguna masacre, asesinatos en frío, y se habla de lo que ocurrió en esos pequeños pueblos en la guerra, los odios de unos contra otros y viceversa, los fusilamientos sin juicios, los encarcelados sin saber qué iba a ser de ellos, y de las familias que se quedaron sin padre o sin madre. También explica muy bien cómo fue que muchos hombres y mujeres de estos pueblos de Andalucía, Murcia o Albacete comenzaron a emigrar hacia Madrid y sobre todo a Cataluña acabada la contienda. El libro es más cosas, pero este es el fondo sobre el que se desarrolla.

El de Marsé se sitúa, unos años más tarde que el anterior, en los arrabales de Barcelona, en uno de esos lugares al filo de la ciudad cerca ya de lo despoblado. Todavía se sigue persiguiendo a republicanos que de alguna manera han conseguido sobrevivir y mantener actividad contra el régimen. Es absolutamente conmovedor leer cómo la gente pobre que vive realquilada trata de seguir adelante tras la tragedia.

Mujeres que trabajan en fábricas textiles o cosiendo trajecitos para muñecas para poder sacar adelante a sus hijos porque los padres andan perseguidos por la policía o murieron en la guerra. Todavía existía aquello del estraperlo y algunos tenían acceso a los economatos y otros no, así que se podía revender lo que se compraba o cambiarlo por algo, por ejemplo, por sexo.

En ambos libros los personajes sueñan, tienen extrañas conversaciones con espíritus de personas a las que quieren y que ya no están cerca de ellos o han muerto.

Para cualquier joven español todo lo que se puede leer en estos libros le parecerá irreconocible. ¿Cómo es posible que este país nuestro tan hermoso, tan rico, tan lleno de buena gente pueda ser el mismo del que se habla en estas dos bellísimas obras? ¿Se lo habrán inventado Marsé y Goytisolo? La respuesta ya la saben ustedes. España era como es ahora, un país democrático en el que la gente vivía expresándose con libertad, eso sí, con una tendencia muy nuestra hacia la tragedia, hacia la confrontación de las ideas, que primero fue de palabra en los foros políticos, en los medios de comunicación de la época, y poco a poco, animados por unos líderes absolutamente irresponsables, llegaron primero a las manos, después a las armas y a la muerte de cientos de miles de hombres y mujeres. Leyéndolos me acordaba de los políticos actuales que utilizan la expresión ‘guerracivilismo’ y me daban ganas de llorar.

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