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Opinión | El especialista

‘Black Friday’: el día que duraba 24 horas...

La mitad de lo que compramos en Black Friday siempre tiene un remordimiento: «¿Por qué habré comprado esto?»

Imagen de archivo de un comercio.

Imagen de archivo de un comercio. / Gorodenkoff Productions OU

Se nos va el año y no nos damos cuenta. Mire usted que ayer fue el Día de Acción de Gracias en Estados Unidos, aunque mucho estamos tardando en España en popularizarlo, como hacemos con todas las americanadas. Y, ¿qué viene después de ese día¿... ¡El ‘Black Friday’!

El Black Friday debería ser eso, un día solo, solo un viernes, un único día, 24 horas. Pero, claro, en algún despacho iluminado por neones y rodeado de cajas de stock y pegatinas con el símbolo ‘%’, alguien pensó: «¿Y si en vez de un día... hacemos una semana?». Otro añadió: «¿Y si una semana... fuera un mes?». Y así nació noviembre, un mes conocido en su segunda quincena como el mes de comprar cosas innecesarias, cosas absurdas que nunca vas a utilizar.

Para quien todavía no lo sepa —existen personas afortunadas que viven ajenas a tanta tontería—, el ‘Viernes Negro’ marca el inicio de las compras navideñas con rebajas supuestamente irresistibles. Digo supuestamente porque, a veces, suben los precios en octubre, los bajan un poquito en noviembre y... ¡Magia! Descuento espectacular. No se engañen, eso no es marketing, es estafa al consumidor.

Un consejo útil entre tanto caos consumista: en Internet, cuidado, los ciberdelincuentes están al acecho

En este país, la cosa ya se nos ha ido de las manos. Termina el verano y enlazamos Halloween, Black Friday, Cyber Monday y Navidad, sin pestañear. Las calles se iluminan en noviembre, los villancicos invaden el Mercadona y a uno solo le falta que al bajar la basura el contenedor te ofrezca un 20 % de descuento en bolsas adicionales. Hasta se rumorea por ahí que la Navidad la ha inventado El Corte Inglés, como decía Melendi. Me conozco a alguno que va a terminar aborreciendo la melodía de «Cortylandia, Cortylandia».

Pero lo mejor —o lo peor— es nuestra reacción humana, adorablemente absurda, porque la mitad de lo que compramos en Black Friday siempre tiene un remordimiento: «¿Por qué habré comprado esto?». Y mientras estás haciendo la cuenta para poder sobrevivir con el sueldo de este mes, ahí delante te encuentras con una Thermomix que te ha costado un dineral y que nunca vas a utilizar porque vives solo. Peor es lo que le pasó a mi vecino, que compró una aspiradora inteligente y se fugó de su casa en cuanto dejó la puerta abierta. Nos empeñamos en comprar cosas con unas prestaciones que no necesitamos, solamente porque si no lo compro ahora, pierdo una oportunidad histórica.

La culpa no es solo de las marcas, ojo. La gran culpa la tenemos los consumidores, porque si no hay compra no hay venta y viceversa. Eso sí, si realmente necesitas algo, lo sensato es mirar su precio de hace un par de meses para ver si la rebaja es real. Y si lo es, adelante. Pero si no, recuerda que hoy, no comprando nada, te ahorras el 100 % en cosas que no necesitas.

Un consejo útil entre tanto caos consumista: en Internet, cuidado. Los ciberdelincuentes están al acecho. Busca reseñas, asegúrate de que la tienda tenga dirección y contacto, desconfía de los precios demasiado buenos para ser verdad y huye de las webs que parecen escritas por alguien que suspendió hasta en el corrector ortográfico. La filosofía zen puede ayudarnos a decidir: ¿lo necesito?, ¿lo voy a usar más de una vez?, ¿me hace falta o solo lo compro porque es barato?

Así que disfruten hoy del Black Friday, pero sin caer en el destino inevitable que nos espera si esto sigue así: el ‘Black Year’, doce meses seguidos de ofertas irresistibles para comprar cosas que no sabías que existían, pero que ahora te hacen muchísima falta. Hasta entonces, le deseo mucha suerte resistiendo a ese tostador con wifi al 60%.

Eso sí, aproveche la oferta del Black Friday que ofrece el diario La Opinión para sus suscriptores, me lo quitan de las manos oiga. Y ahora le dejo con sus quehaceres, porque yo me tengo que ir con mi mujer a hacer algunas compras irresistibles.

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