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Opinión | Mamá está que se sale

El arte de amar

Sin morir en el intento

Que amar es un arte puede sonarte a cachondeo según cómo lleves la semana. Pero, aunque te suene a empoderamiento, El arte de amar es un librito revolucionario de los años cincuenta que tiraba por tierra todas aquellas teorías de que el amor es la confluencia entre caprichos y hormonas. Erich Fromm diseccionó el arte de amar y concluyó que cualquiera que le dedique conocimiento, disciplina y voluntad puede triunfar en este. Porque el amor no se encuentra, como el que da con la lámpara mágica, sino que el amor se aprende. Lo siento si te he pinchado el globo. Pero vale la pena saber que el arte de amar es como cualquier otro arte. Como tocar un instrumento. Que requiere años y perseverancia lo sabe cualquiera que se relacione con medio normalidad con sus hermanos, con sus padres o hijos, y no te cuento si tiene pareja estable hace tiempo.

Pero ocurre que vivimos en una sociedad tan mercantilizada que hasta el amor se mide por su valor económico, o al menos por su utilidad. ¿No te pasa que cuando alguien se echa un novio o una novia —¡ay, el lenguaje inclusivo!— lo primero que te dice es que tiene tal carrera o que gana no sé cuánto? A veces parece que echarse un novio sea como hacer la compra: comparar precios y mirar la fecha de caducidad. Por si acaso. Pero el amor, según Fromm, no se mide por esos parámetros, sino por quiénes somos cuando estamos con las personas a quienes queremos. Hay un dato importante, y es que cuando se habla de buscar el amor, todos universalmente nos referimos a encontrar a quien nos quiera —a nosotros—, cuando el arte de amar significa proyectarse hacia afuera: compartirse, darse, compartir lo que somos. No es llenar vacíos, sino compartir la plenitud interior.

Amar es una decisión consciente. Hace tiempo, una amiga decía que el amor consistía en «querer querer al otro». Pues no sé si ella lo sabía, pero iba muy en la línea de Erich Fromm. Así que nada que ver con arrebatos emocionales. Es un acto de libertad, o de rebeldía, según se mire. Y es difícil: amar requiere empatía para entender al otro, disciplina, paciencia y, sobre todo, conocimiento de uno mismo.

Fromm considera que el amor es una fuerza revolucionaria, porque transforma la conciencia individual, y con ella las estructuras sociales. Una sociedad orientada al amor —entendido como respeto, empatía y cooperación— rompe con la lógica del egoísmo y la dominación.

Así, el amor ya no es solo una cuestión de cada cual, sino una forma de resistencia frente a tanta máquina moderna. Amar, en el pensamiento de Fromm, equivale a recuperar la humanidad perdida en la automatización, la indiferencia y el consumo. Quizá el amor de Fromm no salve el mundo, pero sí puede cambiar nuestra forma de vivir.

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