Opinión | Dulce jueves
Tiempo de trincheras
El periodismo convertido en activismo, que es como decir propaganda, es un signo de los tiempos

Ilustración de Leonard Beard.
Periodistas a los que antes admirada por su ecuanimidad, moderación y capacidad de análisis —por ejemplo, Xabier Fortes y Javier Ruiz— parecen ahora trastornados: nerviosos, enfadados y enfurecidos. Como si alguien les hubiera dicho que estamos ante una emergencia. Si cae el Gobierno, ganarán las elecciones los enemigos de la democracia y el país será aupado a la ola de la internacional ultraderechista que recorre el mundo. Es, por lo tanto, tiempo de bajar a las trincheras, al encuentro de otros que están allí desde siempre, como Jesús Cintora, periodista cuyo repertorio gestual se reduce a dos sonrisas, una cínica para los entrevistados con los que no simpatiza y otra de complicidad para aquellos que corroboran lo que él piensa. No ocurre solo entre periodistas de izquierda. En los medios de la derecha están los maestros del activismo a cara descubierta, como Jiménez Losantos, que a menudo ha reconocido cambios en la línea editorial por estrategia política.
El periodismo convertido en activismo, que es como decir propaganda, es un signo de los tiempos. Es muy grave porque el daño que le hace a la democracia es mucho peor que el que puede infligirle la ola reaccionaria. Y la razón es que la deja indefensa, precisamente, ante sus enemigos.
Hay algunas causas que pueden explicar este fenómeno, cuyos responsables directos son las élites del periodismo: directores de los medios, presentadores, tertulianos, cronistas políticos. Todos ellos han cedido a las exigencias de los medios de ser muy activos en las redes sociales como una medida desesperada de los periodistas para recuperar la influencia perdida. Cuando se mide el éxito por el número de seguidores se está confundiendo popularidad con credibilidad. Como dice Marga Zambrana, periodista que ha analizado el sesgo ideológico de los medios internacionales en la guerra de palestina: «El poner a remar a los periodistas en redes no ha traído más dinero a los medios, sino más errores». Y añade: «La presión por lograr relevancia atrayendo seguidores y la necesidad de dejar suelto al ego suelen ser un freno a la exigencia de objetividad». Así que ya llueve sobre mojado. Un periodismo que ya no creía en la objetividad —era considerada por los posmodernos como cosa de ingenuos— encuentra en las redes, como apoteosis de la emocionalidad sin fronteras entre lo real y lo ficticio, entre la verdad de las mentiras, el lugar perfecto para cavar su trinchera ideológica, enrolado en la guerra de la propaganda.
El periodista nunca debió bajar a las redes. O al menos nunca debió hacerlo como lo ha hecho, confundiendo democratización con mezclarse con la chusma. Se ha di cho muchas veces: quien discute con un tonto corre el riesgo de decir tonterías. Quiero creer que ese es el principal motivo del trastorno de periodistas inteligentes: bajaron al barro a pelear con los que no votan, con los que odian, mienten, calumnian, insultan. Haciendo eso se da relevancia a lo insignificante, uno de los peores errores en que puede caer el periodismo. Eso es no tomarse en serio la profesión. A no ser que no sea un trastorno pasajero, sino una estrategia motivada por tomarse en serio la propaganda.
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