Opinión | Boulevard Flandrin
La cerradura
La Transición fue una cerradura. Cansada, consciente de su desgaste, forzada demasiadas veces como para cerrarse o abrirse del todo. En ella quedaron atrapados ruidos que no aprendimos a traducir: ese pánico heredado, esa manera torpe de girar la llave como si el metal pudiera recordarnos algo que preferimos no escuchar. Un país que se abría con la respiración contenida, como quien no sabe si detrás aguarda un cuarto vacío o una deuda antigua.
En este país, la política empezó en las manos: en cómo rozaban el metal, en cómo temblaban antes de abrir. Antes de intentar una puerta, había que preguntarse qué podía saltar desde dentro. No era miedo a la historia, sino a lo que exigiría si la mirábamos sin atenuantes. Era una forma de autocensura, un espejo que devolvía más de lo que estábamos dispuestos a admitir.
Por eso España se entiende mejor desde lo que permanece cerrado que desde lo que presume haber abierto. Un país no es la suma de sus aperturas, sino de sus umbrales prohibidos y habitaciones donde la luz entra a medias. Las familias lo sabían: había asuntos que envejecían como vinos extraños, espesándose en silencio, formando una costra que ni la democracia se atrevió a rascar.
En algunas casas bastaba escuchar la llave para saber si habría conversación o silencio. En otras, la cerradura era casi un animal doméstico: escuchaba, retenía, vigilaba. Hay cerraduras que no chirrían por falta de aceite; chirrían por exceso de memoria.
La Transición abrió lo justo para que pasara la luz. El país se proclamó recién pintado mientras conservaba, entre sus bisagras, la sedimentación de viejos hábitos. Porque cuando abrimos la puerta, descubrimos que el dinosaurio seguía allí: símbolos intactos, rituales blindados, coronas que no brillaban tanto como prometían.
A veces pienso que lo que llamamos estabilidad fue una técnica refinada de no abrir del todo. Abrir exige asumir la verdad; mantener una puerta entornada permite que la duda respire sin invadirnos. Y, en medio, existen historias que aprendieron a acurrucarse detrás de los tabiques, como si sobrevivieran mejor lejos de la intemperie de la verdad.
Entonces uno vuelve a la cerradura original, la del pasillo de casa: la que se abría con un sonido que no pertenecía al metal, sino a la memoria. Ese clic, ese leve estremecimiento, esa duda antes de girar del todo.
Las cerraduras, esos pequeños artilugios de sospecha y esperanza, pueden aguantar décadas. No se quiebran con facilidad. Resisten a los abandonos, las mudanzas, incluso a la paz.
Pero lo que cuidan —eso que dejaron al otro lado— no resiste igual. Y tal vez haya llegado el momento de girar por fin la llave hasta el final. No para desenterrar fantasmas. Sino para dejar de vivir como si siguieran respirando al otro lado de la puerta.
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