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Opinión | Lo veo así

La obra maestra de la injusticia: parecer justo sin serlo

Algún juez puede intentar condicionar la declaración de un testigo si este habla de ‘conflicto moral’

Imagen de archivo de Álvaro García Ortiz, exfiscal general del Estado

Imagen de archivo de Álvaro García Ortiz, exfiscal general del Estado / EFE Cabalar

Del ser humano hay que esperar todo: lo mejor y lo peor; los mejores y más heroicos gestos y las decisiones más abyectas y despreciables.

Y quizás porque la sociedad nunca se ha fiado mucho de quienes la componemos, se ha ido fortaleciendo con instituciones que pudieran poner orden en esta humanidad en la que no hay que confiar, situando por encima de estos mortales a la iglesia y la Justicia, por supuesto. Sí, por encima de todo, la Justicia, porque era lo que equilibraba, lo que nos igualaba a todos.

Pero, en los últimos tiempos, el ser humano parece estar quedándose sin referentes de superioridad moral, porque si la iglesia hace tiempo que da muestras de cierta debilidad en algunos de sus miembros—tentaciones que les ponen a la altura de los humanos pecadores, por las debilidades carnales de sacerdotes y hasta obispos—, la Justicia nos está dejando en un sinvivir, porque se muestra ante nosotros con esas debilidades humanas que nos igualan a todos.

Debilidades que les lleva a aplicar la justicia de manera incomprensible para estos mortales, que contemplan las resoluciones de ciertos tribunales con estupor. Que observan como, entre otras cosas, esa justicia retrasa y retrasa sus resoluciones para, al final, ver como muchos de los delitos prescriben. Y si a esto unimos el que, dependiendo de lo poderosos que sean los transgresores, la facilidad para que sus abogados lleguen a acuerdos con la Justicia para rebajar las penas, aumenta exponencialmente, pues, que quieren que les diga, lo de justo, justo, se nos queda muy, muy justo.

Tan justo que puede ocurrir —como sucedió en Murcia— que un grupo de empresarios se fueran de rositas a sus casas, sin ir a la cárcel por violación de menores de edad a las que prostituían, aprovechándose de las necesidades económicas de las mismas. Y se fueron libres porque el tiempo transcurrido lo permitió. Y es fácil preguntarse quien decide los tiempos, quienes dejan morir en el cajón de las vergüenzas ciertos delitos, cuyo retraso en juzgar, al parecer, casi siempre favorece a los poderosos.

Tan poderosos como el expresidente de Cataluña, Jordi Pujol, que tras once años transcurridos desde que confesara que había mantenido una fortuna oculta en el extranjero, por fin, el pasado lunes, dio comienzo un juicio en el que se pondrá de manifiesto como todos los miembros de la familia Pujol se hicieron ricos gracias al poder de su poderoso padre. Pero tengo el pálpito de que no pasará nada, de que se alcanzarán acuerdos entre Fiscalía y acusados. Una casi certeza que nace de la experiencia, a través del tiempo. Una experiencia que nos hace pensar en la Justicia con el desencanto que nace de la absoluta confianza en ella de otras etapas.

Sí, siempre creí en la Justicia, siempre la defendí, pero como continuar creyendo en ella con retrasos infinitos que se muestran estudiados. Como creer en ella con acuerdos que parecen favorecer siempre a los mismos. Como no escandalizarnos, por ejemplo, con la resolución del caso del fiscal general del Estado. Como continuar confiando en ella después de lo que hemos visto por televisión; después de comprobar como un juez puede intentar condicionar la declaración de un testigo con eso de «está amenazando», sencillamente porque hablaba de algo tan humano como de ‘conflicto moral’. Como creer en la Justicia si hemos comprobado que las declaraciones de los periodistas—testigos que cometen delito si no dicen la verdad—no han sido tenidas en cuenta para poder decidir una sentencia que escandaliza a los ciudadanos. Y si una resolución asombra a la sociedad, algo no está bien. Sí, como creer en la Justicia si, al final, los que difundieron falsedades y bulos se ríen a carcajadas.

Imposible no acordarnos de Platón: «La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo».

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