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Opinión | PAN PARA HOY

Corrupción en la Federación

No les he hablado mucho de los árbitros. Tengo muchos amigos que se emplean en este oficio, y lo cierto es que soy capaz de pormenorizar sus miserias. Debe pensar el padre de ese infantil que juega sus partidos los sábados a las diez de la mañana que su zagal, más malo que la yesca, es, en efecto, la causa que apagará su despertador los días laborables a las 6. Contra su joven Cristiano Ronaldo se erigen dos fuerzas del mal: el entrenador incompetente que no lo pone y el árbitro que conspira contra su victoria.

Ese mismo árbitro, al que quizá se le pegaron las sábanas y llegó al campo sin desayunar, da inicio al partido y comienza a tomar decisiones. Si a nuestro padre le cuadra la cosa, aplaudirá su actuación, pero ahí vendrá el padre del Messi del equipo rival, que también dejará su trabajo como comercial porque su hijo le va a poner de todo, como el torero le pone un piso a su madre. «Te estás luciendo esta mañana», se escucha cuando el joven trencilla señala un penalti como una catedral. Después puede venir el clásico «qué malo eres», a lo que el pobre árbitro responde internamente: «El bueno es el siete, que iba a pegarle con el exterior al espacio y le ha pegado al espacio exterior».

Sigue el partido y continúan las decisiones discutidas. Se oye mucho eso de «qué fácil es pitar aquí», porque el padre del joven cadete del Villalpando de la Marquesa está convencido del complot de la Federación para favorecer al Solanillos de las Truchas. Borracho de su fiebre conspiranoica, solo puede pensar que el colegiado participa de una gran hidra policéfala que asfixia el desarrollo de su nene.

Cada medida del árbitro, pasada por el filtro de su razón insana, le hace reafirmarse en su delirio. Todo le hace pensar mucho, pero solo en una dirección. Porque el loco es un razonador extremo, alguien que ha perdido todo menos la razón. Para sacarle de su error, de nada sirve rebatir racionalmente, pues su locura es perfectamente lógica. Solo vale mostrarle que el colegiado tendrá otras preocupaciones, quizá una novia y unos estudios, quizá simplemente no sea Perluigi Collina, o esté pensando en el arroz que le tiene preparado su abuela al volver a casa.

Solo ante la evidencia de un mundo real, fuera de su caverna, podrá disfrutar del partido del niño, que, si bien no es el nuevo Messi, se divierte sanamente con los colegas de finde en finde. Se apagará la esperanza extintora del despertador y tendrá que madrugar los lunes, pero al menos en los campos habrá un chalado menos. Y si no, siempre nos quedará la cantina.

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