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Opinión | MUJERES INTERESANTES

María Martínez

Catedrática de Historia de la UMU

Soledad, la castañera de Totana

A la vuelta de la misa en memoria de Francisco Marsilla de Pascual, profesor de Paleografía y Diplomática de la Facultad de Letras, olisqueo el aroma de castañas asadas. Sigo el rastro, y en la esquina de Gran Vía con Platería dos jóvenes, chica y chico, han dispuesto su mostrador.

Compro un cartucho a ver si el calor me atempera el alma aterida de tristeza por el adiós a Paco, amigo y compañero de tantos años compartidos, de vivencias y diretes de despachos en afectuosa vecindad. Y mientras camino a refugiarme a casa, como la magdalena proustiana la castaña me devuelve a los recuerdos de la infancia. A una castañera llamada La Murciana, querida en Totana, todo un icono de mujer trabajadora. Tenía una pequeña caseta de obra (donde hoy se ubica una lujosa joyería) en una esquina del Puente (que unía los dos barrios, Sevilla y Triana) con amplio mostrador de chucherías de la época, tebeos, juguetitos... Son recuerdos de los años setenta.

Y en invierno, a partir del uno de noviembre, cuando volvíamos a mediodía del cementerio (de estreno de ropa que muchas veces nos daba calor), ya tenía preparado el infiernillo con brasas (luego cambió por bombona de butano) para esa tarde noche empezar a vender castañas. Era el rito oloroso que señalaba que el invierno había llegado sin aviso de calendario. También evoco un cuento de una humilde y bonita niña castañera, cuya portada se adornaba con una rasera.

Eran aquellas las primeras castañas que mi padre llevaba envueltas en cucurucho de papel de periódico, que el abuelo tomaba con un chato de vino. De trato afectuoso, con cara marcada de arrugas, gafas, entrada en carnes y enlutada, la niña que fui esperaba con sus cinco pesetas el día la Inmaculada, patrona del pueblo, su algodón de azúcar rosa que me gustaba más que las castañas de La Murciana. Soledad Perellón Almagro, nacida en Javalí en 1920, hacía honor a su nombre, pues siempre despachaba sola en el puesto, si bien acompañada por los niños en cola en demanda de golosinas los días festivos.

Tuvo una vida difícil: quedó viuda, tras cuidar a su marido que era bastante mayor que ella, con cuatro hijos. A uno lo recuerdo: era futbolista profesional: El Murciano, que heredó el apodo de la madre. Pero dos murieron: uno, pequeño, en sus brazos cuando volvía en el tren de Murcia, donde lo llevó al médico. Y otro con 44 años, que sumió a Soledad en el olvido mental para no seguir sufriendo. Murió con 85 años y tiene a su nombre una merecida calle en Totana.

La castaña, manjar popular; luego vino el marrón glacé.

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