Opinión | 25N
Ahí lo dejo

Lazos violetas, minutos en silencio, discursos… y al día siguiente, todo sigue igual. / E.P.
En este 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, mirar a las mujeres adultas no basta: el maltrato entre jóvenes está creciendo, también en la Región de Murcia. Celos enmascarados de cuidado, control del teléfono, mensajes exigiendo su ubicación, chantaje emocional, amenazas de difundir fotos íntimas… Todo eso es violencia. Y cuando ocurre en la adolescencia, deja cicatrices duraderas.
Lazos violetas, minutos en silencio, discursos… y al día siguiente, todo sigue igual. Convertir el 25N en un ritual que tranquiliza conciencias es una forma cómoda de no pensar. La violencia contra las mujeres, y contra las niñas y niños que viven en hogares atravesados por el miedo, no disminuirá porque repitamos consignas, sino porque cambiemos las condiciones políticas, sociales y culturales que la sostienen.
En ese cambio molesta el discurso populista que desprecia la igualdad hablando de ‘ideología de género’. Se trata de una maniobra de abordar el resentimiento de quienes se sienten marginados y señalar siempre a un culpable fácil: «las feministas radicales», «las que se inventan denuncias». Los populismos dividen el mundo en buenos y malos, ‘gente normal’ y ‘lobbies ideológicos’. Así, la violencia machista deja de verse como un problema estructural y pasa a verse como un invento, una exageración, un capricho partidista. Mientras estamos en estos lares, las mujeres siguen siendo agredidas y las chicas jóvenes aprenden que, si hablan, quizá nadie las crea.
Por otro lado, la Región de Murcia es también un escenario concreto de una violencia más sibilina. Con una pobreza infantil cercana al 40 %, más de 120.000 peques y adolescentes viven por debajo del umbral de la pobreza. En muchas de esas casas no se llega a fin de mes, no se puede calentar la vivienda ni asumir un imprevisto. En ese contexto, romper con una pareja violenta, o salir de una relación en la que hay control y humillación, se vuelve todavía más difícil. No olvidemos que el peso de sostener a la familia recae, casi siempre, sobre las mujeres, y los menores crecen normalizando los gritos, las amenazas y el miedo.
En todo esto, la democracia de la que estamos orgullosos no se alimenta solo de eslóganes, sino de hechos. De ahí la importancia de la veracidad de los medios informativos, ya que si cada grupo de opinión vive encapsulado en su quiste informativo y le mosquea cualquier dato fuera de su concepto, el debate se vuelve una guerra cultural en la que el populismo se crece a costa de las mujeres reales.
Por eso, el 25N no puede quedarse solo en gesto. Debería ser un recordatorio de que la lucha contra la violencia de género exige educación afectivo-sexual en los colegios, programas de prevención en institutos de la Región, medios de comunicación veraces, instituciones que protejan de verdad y políticas que luchen contra la pobreza y la desigualdad.
La pregunta es sencilla y brutal: ¿qué democracia tenemos si no es capaz de garantizar a las mujeres y a las niñas algo tan básico como vivir sin miedo?...ahí lo dejo.
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