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Opinión | El mapa y el territorio

El planeta de las benzodiacepinas

En la imagen, un puesto ambulante de camisetas en la Sexta Avenida de Nueva York.

En la imagen, un puesto ambulante de camisetas en la Sexta Avenida de Nueva York. / Gema Panalés

Sábado 15

Estoy pasando unos días fuera de casa y, aunque las estanterías del piso en el que me alojo están medio vacías (al estilo de las de María Pombo), he encontrado un libro que puede serme útil para conciliar el sueño. Se llama La Bestia y lo firman tres señores que se hacen llamar Carmen Mola.

Como lectora libre de prejuicios, me adentro con interés en el ‘bestseller’ patrio. Tampoco me avergüenza reconocer que veo La isla de las tentaciones para matar el tiempo y mis neuronas. Como dice Savater, «obedecer al buen gusto de los demás me ha proporcionado horas de aburrimiento, pero, en cambio, mi mal gusto tiene un olfato casi infalible».

El libro consigue su objetivo: darme sueño. Sin embargo, a medida que avanzo, siento una especie de desasosiego, como si me removiera un antiguo recuerdo que no consigo identificar.

Domingo 16

Repito el ritual de la noche anterior y me zambullo en las sábanas y las páginas de la novela. La presentación del protagonista me deja extasiada: «Usa modales decididos, incluso pendencieros, pero tiene a la vez la mirada melancólica de un poeta francés, una combinación irresistible para las mujeres que ronda más a menudo de lo que sería recomendable». Un poeta francés, ¿eh? ¡Los Carmen Mola son tíos de los que se visten por los pies!

Tras varios capítulos de relleno, entra en escena la mujer fatal: “Es de una belleza difícilmente igualable. Pelo negro, ojos oscuros, boca de labios rojos que contrasta con la blancura de sus dientes, alta, de cuerpo esbelto y con un vestido elegante». Vaya, qué mujer tan especial, pienso. Única en su género. Antes de apagar la luz, esa sensación punzante me sacude de nuevo. Hay algo ‘doloroso’ en el libro, pero ¿el qué?

Lunes 17

Al tercer día, rendida al hábito (y a la compulsión), retomo la lectura. Esta vez, la sensación de incomodidad y desosiego aparece desde la primera línea. Aun así, consigo suspender el juicio y dejarme llevar por la trama. Apago la luz, pero no pego ojo.

Martes 18

Hoy, al ver la portada del libro he sentido un malestar físico. Y no por lo hortera que es (que también) sino por un detalle que me había pasado inadvertido: ‘Premio Planeta 2021’, leo en la esquina superior. De repente, un chispazo anagnorítico me devuelve un recuerdo olvidado de mi infancia…

Miércoles 19

De los 8 a los 12 años, devoré premios Planeta de manera compulsiva. Las estanterías de la casa de mis padres estaban repletas de estas obras conocidas como ‘novelas de kiosco’ o ‘libros de madre’ y la cosa se me fue de las manos… El Quijote perdió la razón por leer novelas de caballerías. A mí, los atracones de folletines nacionales me dejaron algo tocada.

Jueves 20

Aquellos libros, en apariencia, inofensivos, con sus personajes huecos, tramas predecibles y autores complacientes y sin sustancia, me sumieron en un estado depresivo del que ni siquiera era consciente; un infierno que cesó el día que comencé a escoger mis lecturas.

Porque sí, ahora lo sé: a mí la mala literatura no me disgusta ni me ofende, ni siquiera me parece una pérdida de tiempo. A mí la mala literatura me pone triste, me quita las ganas de vivir.

Viernes 21

Dice el flamante Juan del Val que «la élite intelectual no entiende que la gente compra lo que le da la gana y que el lector es el mismo: el que lee a Faulkner puede leer perfectamente a Sonsoles». Estoy de acuerdo, pero hay títulos que exigirían, por salud pública, llevar una advertencia del tipo: «Este libro puede perjudicar gravemente su salud». Porque si la buena literatura nos hace felices, la mala nos conduce hacia las benzodiacepinas.

Pasen y vean

Los periodistas somos el gremio menos corporativista que existe. Pero esta semana todos deberíamos unirnos para defender a tres colegas. El primero es Jamal Khashoggi, columnista de The Washington Post, descuartizado en el consulado de Arabia Saudí en 2018.

La segunda es la reportera de la ABC, Mary Bruce, quien preguntó a Donal Trump por este truculento asesinato durante la visita del príncipe heredero saudí. «Cosas que pasan», respondió Trump, quien calificó la pregunta de «horrible e insubordinada» y amenazó con revocar la licencia de su cadena.

La tercera es Catherine Lucey, corresponsal de Bloomberg, quien inquirió a Trump por su relación con Epstein: «Cállate, cállate, cerdita», le increpó el hombre más poderoso del mundo.

Estamos normalizando comportamientos repugnantes y autoritarios que parecen sacados de una distopía totalitaria. ¿Qué pasaría si, en un hipotético caso, se probase que Trump mantuvo relaciones con menores como su amigo Epstein? La respuesta es casi peor que la pregunta: probablemente nada.

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