Opinión | Grullas de papel
Jericó nuevamente destruida
Cuando el sultán Mahmud se lanzó a la conquista de la India, llegó a los límites de una ciudad milenaria, gobernada por un poderoso rey, descendiente de una férrea estirpe de guerreros

‘El presidente’, grafito sobre papel, obra de Martínez Cánovas (cortesía del artista). / L. O.
La pintura secreta
Dorian Gray era un hombre sin edad, de mirada eternamente joven. Durante muchos años sus maldades y sus crímenes se ocultaron detrás de la dulzura de su rostro de muchacha, encantador como un amanecer. Su cuerpo era hermoso. Su alma, como es sabido, era horrenda; y se ocultaba dentro de un retrato cuya imagen ninguna persona debía contemplar.
La música y el dolor
Y Yahvé mandó un mal espíritu para atormentar al rey Saúl, castigándolo atrozmente. Compadecido por su dolor, un sirviente hizo llamar a un joven pastor, bueno y hermoso, llamado David, hábil intérprete del arpa. Cuando el viento malvado soplaba sobre el rey, el mancebo tocaba su música, para que el afligido sintiera alivio. Entonces Dios ordenaba al espíritu que retirara su mano del corazón de Saúl.
Derrota a los brahmanes
Cuando el sultán Mahmud se lanzó a la conquista de la India, llegó a los límites de una ciudad milenaria, gobernada por un poderoso rey, descendiente de una férrea estirpe de guerreros. Temiendo el poder del Dios único cuyos estandartes defendía el invasor, el rey sintió un gran terror y toda la ciudad se conmovió con él. Se hizo fuerte tras sus muros y llamó a todos sus brahmanes, hombres santos, conocedores de palabras sagradas. En el salón del trono ya no se celebraban consejos de guerra, sino rituales mediante los cuales el nombre del sultán era atacado por las fuerzas poderosas que conjuraban estos varones, dominadores de los demonios más fieros. El enviado de Alá se sentía morir frente a los muros que pretendía asaltar, sin poder moverse, paralizado por enfermedades desconocidas que enturbiaban su mente y doblegado por las fiebres. Para espantar los demonios su ejército hizo resonar cuernos, tubas y clarines; los tambores tronaban noche y día de manera ensordecedora. Los brahmanes, al fin, no pudieron mantener la concentración ni encadenar jaculatorias con las que dañar a sus enemigos. El sultán recuperó la salud, recobró sus fuerzas y su ardor guerrero. Su corazón latía más juvenil que nunca. Las tropas rodearon la ciudad y describieron un círculo alrededor de sus muros, que cayeron estrepitosamente al son de aquellos ritmos guerreros, como generaciones atrás habían caído las murallas de Jericó.
El testamento de Hamelin
La música no es bondadosa. Sabemos que por su añoranza se echó Adrian Leverkühn en brazos de Satán. Y en una encrucijada de caminos Bobby Johnson entregó su guitarra al Diablo, para que se la devolviera afinada con los propios dedos del Ángel Caído; por aquel don inigualable, solo tuvo que entregar su alma. La música puede, cuando quiere, llevarse consigo a todos los niños, encandilados con las tonalidades de una sencilla flauta, hasta las entrañas de la tierra.
Pandemonium
Arrojado al abismo más profundo junto con sus legiones, Lucifer arengó todavía a sus príncipes, a sus potestades, a sus guerreros, a las jerarquías del cielo que había sido de ellos y que ahora, por la traición de los arcángeles, habían perdido.
— ¡Que caiga la vergüenza sobre nosotros si no nos levantamos de nuevo!
Un ejército puede ser destruido cuando se lanza en lucha incierta contra la tiranía de Yahvé, pero nada hay que extinga el rencor cuando este ha anidado en un corazón orgulloso. Miríadas de demonios se pusieron en pie el mismo día de su derrota; con las espadas golpeaban sus escudos. La música infernal, emanada del sonido de tubas y tambores llamando a degüello, cruzó la distancia del abismo infinito que separa cielo e infierno. Hermosas voces de ángeles renegados entonaron el peán de la venganza y el Trono del Cielo tembló ante su belleza.

‘El presidente’, grafito sobre papel, obra de Martínez Cánovas (cortesía del artista). / L. O.
El gran ojo amarillo
El presidente nos observa desde su retrato oficial con mirada condescendiente, mientras introduce una mano bajo la chaqueta de raya diplomática. Esa pose napoleónica le da un toque de prestigio imperial. En posición frontal, gira la cabeza hacia la izquierda del espectador. Al concentrar nuestra mirada buscando su cara, descubrimos un hecho espantoso. Su rostro es el de un monstruo grotesco, un ser prodigioso, una horrible quimera con un pico gigantesco de animal prehistórico dotado de colmillos inverosímiles y un ojo de ámbar. El nudo de la corbata apenas logra contener un cuello bulboso y moteado. Su escalofriante figura se completa con un cráneo ralo, casi pelado y una oreja perforada de la que cae un pendiente con un molar humano, acaso un trofeo arrancado brutalmente de la mandíbula de un hombre todavía vivo. Es la imagen del poder en apacible apoteosis de dominación.
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