Opinión | De dioses y de hombres
Eterna acrópolis

Partenón en la acrópolis de Atenas. / L. O.
Hay monumentos que singularizan todo un lugar o que expresan a través de su contemplación la complejidad de un periodo histórico; el pleno resumen de una sociedad. Todo edificio del pasado, al igual que otro tipo de manifestaciones artísticas, nos conduce magistralmente hacia la comprensión de lo que fue. De aquello que germinó para que nuestro presente sea como es: complejidad poliédrica no siempre descifrada con acierto. Pero existen determinadas obras en el mundo que alcanzan otro nivel, otra catalogación que trasciende espacios y fronteras para convertiste en hitos universales. Construcciones en las que el hombre legó -posiblemente sin saberlo- una lección atemporal de belleza, perfección y constancia excepcionales. Son estas obras las que muchas veces pueblan los libros de historia del arte convertidas en emblemas del tiempo, así como de la grandeza y pequeñez del hombre.
Hace poco más de un mes, una noticia daba la vuelta al mundo despertando la admiración de los amantes del arte y la historia: el Partenón de Atenas lucía sin andamios en su blanco perímetro, por primera vez, desde muchísimo tiempo. Esta noticia me sacudió especialmente y me llevó a mi tiempo de estudiante en la facultad de Bellas Artes ateniense. Viví, durante once intensos meses, en la vorágine de la Atenas moderna, en un piso cercano al Instituto Cervantes y a la mítica Biblioteca Nacional. Desde nuestra azotea, cada noche, entre conversaciones y risas propias de juventud universitaria, contemplábamos la acrópolis, ese prodigio de mármol pentélico que se volvía dorado al atardecer; como si esto fuera metáfora de su propia trascendencia y divinidad. Entre las muchas cosas que tengo que agradecer a la generosidad de la vida destacan las numerosas tardes en las que visité el monumento sin ninguna prisa, sabiendo que podría volver al día siguiente, reparando así en detalles que suelen escapar a la multitud y a la urgencia. Los estudiantes extranjeros disponíamos de un carnet que nos permitía conocer gratis todos los monumentos del país. Esto facilitó que todas las semanas - algunas incluso varios días dentro de la misma- deambulara por el ágora, los propileos o en el interior de la acrópolis acompañado de mi blog de dibujo o diferentes libros de arte. Pude disfrutar y saborear, desde todos los puntos de vista posibles, esa construcción en la que el astuto Pericles invirtió no sólo el cuantioso tesoro de la Liga de Delos, sino todo su tesón y visión escenográfica. Siempre he creído que el citado gobernador junto con Fidias, Ictinos, Mnesicles y Calícatres -artistas todos ellos responsables de la creación- sabían de lo excepcional de su cometido. De la importancia y oportunidad única de su creación sin igual. La historia les dio la razón. Hoy, más de dos mil quinientos años después, el mundo sigue mirando con asombro hacia lo alto de esa montaña ateniense en la que el hombre, desde inmemorial tiempo, ha buscado el contacto con lo trascendente.
Suelo tratar de trasmitir a mis alumnos de arte esta visión y pasión. La mirada asombrada hacia esa fuerza descomunal que late en determinadas obras de la humanidad; tales como el Panteón romano, la mezquita-catedral de Córdoba, o la pirámide de Keops, entre otras muchas. El mundo estaría gravemente herido sin alguno de estos faros prodigiosos que nos alumbran desde su silencio. La acrópolis de Atenas es la expresión refinada de una sociedad que fue la más avanzada de todo su momento. El sueño antiguo hecho piedra esculpida y matemáticas; proporción áurea y humana belleza. Esa búsqueda de perfección que llevó a sus artífices a límites nunca vistos; baste recordar cómo no colocaron totalmente perpendiculares sus columnas para evitar deformaciones ópticas en la lejanía. La medieval conversión, en iglesia y en mezquita, del Partenón ocupan otro capítulo a tener en cuenta y, casi finalmente, la explosión acontecida en 1687 -por parte de un ataque veneciano-, reduciendo tan milenaria construcción a las ruinas que conocemos hoy en día. Su dibujo prodigioso sigue presente en gran parte de la urbe moderna y continúa siendo el orgullo de todo el mundo helénico; como lo fue de los millones de personas precedentes.
Como les decía arriba, el Partenón luce históricamente sin andamios, bellísimamente desnudo en su equilibrio perfecto. Lo malo es que los andamios volverán pronto, supuestamente más ligeros y menos agresivos visualmente, para realizar la última fase de restauración. Han sido tantísimos los años en que estos han convivido con la ‘catedral del dórico’ que las imágenes difundidas encierran una novedad y belleza desacostumbradas. Volvamos la mirada unos instantes al sueño de Pericles, a la mítica lucha de Atenea y Poseidón, al blanco mármol que -aunque herido- orgulloso aún perdura.
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