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Opinión | Pintando al fresco

Comisiones

Yo he manejado dinero público y privado en varias ocasiones, desempeñando cargos y encargos sin mucha resonancia, pero en los que había que gastar

El ex secretario de Organización del PSOE Santos Cerdán, a su salida de la cárcel de Soto del Real (Madrid).

El ex secretario de Organización del PSOE Santos Cerdán, a su salida de la cárcel de Soto del Real (Madrid). / EFE

Por razones que sería largo explicar aquí, yo he manejado dinero público y privado en varias ocasiones, desempeñando cargos y encargos sin mucha resonancia, pero en los que había que gastar dinero. He ejercido funciones de responsabilidad en puestos públicos profesionales, que no políticos, o he sido asesor en temas de Artes Plásticas de un Banco. En estos trabajos he tenido que gastar dinero y presentar facturas o cuentas para que me fuesen abonadas, o simplemente he comprado cosas, a veces de alto valor económico, que me habían sido encargadas por quienes me habían contratado para estos trabajos.

Mentiría con toda la boca y con todos los dientes si no dijera aquí que, en más de una ocasión, sobre todo cuando trabajaba para la institución financiera, no me ofrecieron, en los establecimientos donde compraba, comisiones y tantos por ciento del dinero que gastaba. La primera vez que compré algo de alto precio, en Madrid, la directora del lugar de la venta se me acercó muy sonriente y en voz bajita, muy cerca de mi oreja, casi me susurró: «Enrique, ¿para usted lo acostumbrado?» y añadió en el mismo tono «aunque también podríamos hablar...» Inmediatamente me di cuenta de que aquello iba de una comisión por mi compra, y le pregunté: «¿Cuánto es lo acostumbrado?» a lo que ella me respondió: «El 10%». En mi cabeza comenzó a funcionar la calculadora. Aquello suponía una paga extra de aproximadamente lo que me pagaban en ese banco por cinco meses de trabajo.

Y, ¿qué ocurrió? Pues imagínense ustedes a un padre de cuatro hijos al que le puede entrar un dinero extra de esa altura cuando tienes a los chiquillos descalzos y desnudos por falta de ingresos para comprarles ropa y zapatos. La tentación fue muy fuerte porque además no le suponía ningún perjuicio a la institución para la que trabajaba. Pero algo sonó dentro de mi cabeza que no me gustó. «Si acepto esto hoy, se correrá la voz de que cobro comisiones y todo el mundo tratará de ‘untarme’ para que les haga gasto. Además, que no me gusta la idea de que me den dinero bajo mano», (cosas de la Ética, ya saben) así que le dije a la señora: «No, no quiero comisión. Descuéntame ese 10% de la factura de mi compra. A mí me pagan los que me han contratado», y me quedé tan ancho. Con menos perras, pero muy ancho.

Puedo prometer y prometo que esta situación se me ha dado en bastantes ocasiones de mi vida, momentos en los que podía conseguir comisiones claramente, y no estafando, sino sencillamente dejándome querer. Pero, créanme si les digo que, para esto de aprovecharse de las situaciones, para robar incluso, hay que nacer, hay que tener unas condiciones de conciencia personal que te permitan hacerlo sin remordimiento alguno. Yo me imagino a la esposa de Cerdán quemando la tarjeta de crédito de las comisiones de su marido en El Corte Inglés, a Rodrigo Rato en el puticlub pagando la prostitución con la tarjeta negra de su cargo, (por las tardes, después de comer, qué pereza), a los de Almería haciendo dinero estafando con mascarillas en plena epidemia, o a Ávalos con sus prostitutas pagadas por Koldo –qué afición a que las instituciones les paguen los vicios, ¿verdad? – etc., etc., y todo esto me produce verdadera grima.

Para muchos de ustedes, este artículo les sonará un poco a chino porque quizás nunca se han visto en una situación como las que aquí les explico, y por eso se sorprenden aún más cuando leen o ven en la tele que hay gente como los recientes o no tan recientes descubiertos por investigaciones de las Fuerzas de Seguridad. Pero sepan que este mundo está ahí y, o tienes claro qué es lo que vas o no vas a hacer en la vida, o vendrá alguien y te convencerá de que hay que aprovecharse de lo que sea, sin ‘escrúpulos tontos’, que los llaman.

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