Opinión | Misa de doce
La tiranía del ruido
El pasado miércoles quedé a desayunar con mi buen amigo Raúl. Hacía tiempo que no nos veíamos y aunque, hacía fresquete, decidimos sentarnos en la terraza del Museo Arqueológico para actualizarnos y ponernos un poco al día.
Muy pronto, y tal vez esto sea consecuencia de la edad, encontramos un denominador común donde focalizar nuestra conversación. Algo que a los dos últimamente nos preocupa, obsesiona y padecemos. Me refiero al ruido.
Ambos lo sufrimos por idénticos motivos: la primacía de los intereses económicos del sector hostelero sobre el derecho al bienestar y descanso de los vecinos. Vamos, que nos podemos dormir debido al ruido de los bares que hay en nuestros respectivos edificios.
Pero si molesto y enfermizo es no poder conciliar el sueño y descansar como Dios manda es, casi peor, la sensación de impotencia y desamparo que uno siente ante la falta de interés y pasotismo que hay por parte de la autoridad competente. Una administración que, por lo visto, ha priorizado el derecho a la actividad económica frente al derecho al descanso de los vecinos ofreciendo a los mismos, como única alternativa, una invitación a abandonar sus hogares e irse a vivir lejos del centro de las ciudades.
En general no corren buenos tiempos para aquellos que pretendemos disfrutar del silencio. Nuestra sociedad, cada vez más, vive sometida bajo el yugo hegemónico del ruido y en prácticamente todas sus manifestaciones de ocio está presente. Cierto que somos una sociedad mediterránea y que el ruido es una manifestación más de nuestra forma de vivir, pero la contaminación acústica provocada por el mismo conlleva graves problemas de salud físicos y mentales.
La tiranía del ruido se ha impuesto y mediatiza prácticamente todos nuestros comportamientos. Sin ir más lejos, el arte de la oratoria, otrora una herramienta fundamental para seducir a nuestro interlocutor, ha sido sustituida por el exabrupto; un impulso irracional que utiliza el grito como principal arma para demostrar y hacer valer nuestros argumentos. Lejos quedan aquellos tiempos en que los debates parlamentarios eran auténticas clases de dialéctica y no el patio de colegio en el que, al grito de ¡y tu más! han acabado convirtiéndose.
Pero el ruido no solo se percibe a través de los oídos. Nuestro estado emocional se ve afectado, y mucho, por la cantidad de información y estímulos visuales que bombardean nuestro cerebro a diario distrayendo nuestra capacidad de atención y mermando de este modo nuestro pensamiento crítico.
El ruido es una de las herramientas de control social y manipulación de voluntades más potentes que existen. Una sociedad con ruido vivirá acelerada y no tendrá apenas tiempo para cuestionar lo que sucede a su alrededor.
A día de hoy, el silencio se ha convertido en un acto de resistencia y la única medicina capaz de poder transformar nuestra sociedad. Es necesario para reflexionar, procesar ideas y conectar con uno mismo y los demás. Reivindiquemos, pues, su poder y escuchemos su sonido, el sonido del silencio.
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