Opinión | Mamá está que se sale
Papá, cuéntame otra vez...
… cómo fue cuando vino la democracia

Juan Carlos I. / L. O.
Cuando mi padre era niño se asomaba un poco por su barrio, y se encontraba con las ruinas de lo que había sido la casa de unos vecinos. O de un gran edificio. O de una casa modesta. Cuando terminó la guerra civil, una guerra como fue la nuestra entre hermanos, lo que quedó fue un vencedor y un vencido. Un horror.
En todas las familias, un vencido, un tolerado, y un afortunado que, sin querer ni tampoco queriendo, tenía una paga. De entre los vencidos, algunos a la puñetera calle. Hubo tolerados que siguieron, y hubo también marginados que nadie decía el porqué. También hubo otros que resultaron muy bien parados, sin que nadie supiera explicar esas diferencias de trato. Episodios tremendos todos, con desenlaces muy sentidos por unos y por otros.
En mi familia paterna, la guerra civil pilló a mi abuelo y a sus dos hermanos, todos oficiales del Ejército, en el bando republicano, y no por significarse especialmente. Permanecieron fieles a su deber, como buenos soldados. Entendieron que eso era lo que debían hacer.
Al acabar la guerra, el castigo fue hacerles invisibles. Borrarles del mapa de un plumazo. ¿Vivían? Sí, se puede decir así. Despojados de sus méritos y degradados a la mínima expresión de su graduación, pero vivos. Un consuelo. Siempre pensé que mi abuelo, que murió como capitán -mientras los que habían sido sus compañeros lucían las estrellas de tenientes coroneles-, de lo que murió fue de pena.
Otro de los hermanos, el tío Félix, piloto del Ejército del Aire, fue directamente expulsado. En los primeros tiempos tanteó trabajillos de pintar por aquí, arreglar enchufes allí. Pero con el tiempo tuvieron que exiliarse. No sé si es apropiado hablar en su caso de un exilio, porque, aunque en el salón de su casa en Suiza tenía una gran bandera republicana, ellos no se fueron por sus ideas. Se fueron por su hambre.
Con el tiempo, las heridas se fueron curando. Los años fueron pasando, y dieron tiempo a que aparecieran varias figuras providenciales e irrepetibles, perfectamente conscientes del sufrimiento de muchos de aquellos marginados y vencidos.
Los que habían salido bien parados desde el principio, vivían con naturalidad la apertura política, y el nacimiento de un nuevo régimen democrático.
Para los que habían sido marginados, como ocurrió con el tío Félix, recibir la invitación a volver a su casa fue un poco una reconciliación y una reparación por todas las penurias vividas. La vida perdida no se la podrían devolver jamás, pero el abono de todas sus pagas, con extras e intereses incluidos, y el reintegro de su condición, y de su dignidad, de oficial del Ejército del Aire, actualizando incluso su graduación como coronel, según le habría correspondido por su antigüedad, hicieron del tío Félix el hombre más feliz del mundo.
A la cabeza de aquel desfile de figuras providenciales e irrepetibles, estaba el rey don Juan Carlos. En su honor, el tío Félix colocó en su casa una bandera. Todavía más grande que la otra, pero ya no era ni republicana, ni franquista. Era «la del rey», la de todos los españoles, vencedores y vencidos. Y entonces se pudo decir en mi casa que había llegado la democracia.
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