Opinión | + MUJERES
La historia de nunca acabar
La violencia contra las mujeres ha tenido que ser denunciada por el feminismo para que comience a reconocerse como un problema que afecta a toda la sociedad

Ilustración de Leonard Beard.
Tristemente, nos hemos visto de nuevo conmocionadas por una violencia que no cesa de golpearnos. Verónica, Yoana, Ainoha, Luisa, Martha son algunas de las vidas que nos han sido arrebatadas en menos de un mes por manos asesinas. Todas estas mujeres tienen nombre y apellidos, y tenían una vida que algunos hombres consideraron que no les pertenecía y se la quitaron violentamente.
Los asesinatos de mujeres son la mayor y más cruel manifestación del machismo más rancio, que no tolera que las mujeres tengan una vida propia, que piensen por sí mismas, que cuestionen o no consientan conductas y actitudes machistas. Ese machismo que nos mira con desconfianza porque no obedecemos ni callamos, porque no pedimos permiso para vivir. Por eso, en lugar de escuchar lo que decimos, tratan de acallarnos y desacreditarnos.
La violencia contra las mujeres maltratadas y asesinadas supone una amenaza para todas las mujeres. Las conductas particulares de violencia contra una de nosotras, nos afectan a todas. Cada nuevo caso nos preocupa y nos atemoriza, por eso decimos: «Si tocan a una, nos tocan a todas». Cada nuevo caso de violencia pretende reforzar la creencia en la superioridad de los hombres sobre las mujeres, pretende atemorizarnos y forzarnos a tolerar conductas masculinas que no toleraríamos si no nos paralizara el miedo. Y por eso nos preguntamos: ¿se pueden sustentar las relaciones amorosas sobre el miedo?
La violencia que padecemos las mujeres tiene un efecto similar a la violencia que practican las mafias o los grupos terroristas: hace daño a la persona que la padece, pero, al mismo tiempo, pretende amedrentar al resto de la población y fomentar el silencio, la sumisión y la expansión del poder de los violentos.
Aunque la violencia contra las mujeres es uno de los crímenes más constantes y extendidos en todo el mundo, es también uno de los menos conocidos de la historia de la humanidad y hasta hace poco ni siquiera se consideraba como tal. Los mitos, las religiones, la filosofía y las instituciones sociales de las culturas patriarcales han contribuido a ello. Sólo a finales del siglo XX comenzó a ser reconocido y castigado como un crimen, pero hasta entonces apenas se conocía o no se le daba importancia alguna. Con la violencia contra las mujeres sucede lo mismo que con otros muchos problemas sociales, que pasan desapercibidos mientras no se identifican como tales y no se escucha la voz de las víctimas.
La violencia contra las mujeres ha tenido que ser denunciada de manera sistemática por el movimiento feminista para que comience a reconocerse públicamente como un problema que afecta a toda la sociedad. La situación tiene algo de circular: no es posible verla si no se la considera un problema, y sólo es posible definirla como un problema después de haberla hecho visible. Todavía hoy, la violencia contra las mujeres no se ve o no quiere verse; hay muchas personas que miran para otro lado, hay numerosos mecanismos para minimizarla, esconderla o negarla. Es el caso de la ultraderecha antidemocrática representada por Vox, que se opone activamente a la igualdad de género y está presionando al PP para que recorte y desmantele las políticas que la promueven.
Frente a esta estrategia negacionista que pretende ocultar e ignorar la violencia contra nosotras, no podemos consentir que las mujeres asesinadas sean sólo un nombre en una noticia que se olvida al día siguiente. Levantamos nuestras voces para denunciar, pero también para sensibilizar a toda la ciudadanía, sobre todo a aquellos jóvenes que la justifican haciendo afirmaciones tales como «algo habrá hecho», una frase que, desgraciadamente, escuchamos a menudo en los centros educativos y en la calle, y que denota falta de sensibilidad emocional, bajeza moral y menosprecio de la vida de la mitad de la población. Por eso, la educación de las emociones de nuestros hijos e hijas es tan importante como la adquisición de conocimientos, porque la falta de esa educación emocional les impide madurar como personas y conduce a un retroceso civilizatorio.
Queremos un mundo basado en el respeto a la vida y a la integridad de las mujeres, de esas mujeres que podrían ser nuestras hijas, nuestras hermanas o nuestras madres. Sólo así podremos salir de la espiral de agresividad y de violencia contra las mujeres que inunda nuestras sociedades.
Por todo ello, nos concentramos todos los primeros martes de mes a las 8 de la tarde en la Plaza del Cardenal Belluga y volveremos a salir a las calles a las seis de la tarde en Murcia el próximo martes 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
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