Opinión | Dulce jueves
Conjuros
¿No sabemos ya bastante? ¿No se ha contado todo ya? ¿Por qué seguimos?

Varios estudiantes acceden a las aulas. / EFE
Estaba en clase de Reportajes y Entrevistas intentando despertar a mis alumnos de su somnolencia de lunes, o de su somnolencia en general. Me había detenido en la diapositiva en la que aparece la imagen de Gay Talese con una frase suya: «Una buena historia nunca muere». Les decía que eso es lo que íbamos a hacer en la asignatura: contar buenas historias, hablar con la gente y contar las cosas que les pasan. E intentaba convencerles de que eso era muy importante porque... Y ahí, en medio de la frase, me quedé bloqueado, ya no supe seguir. Vivimos rodeados de historias, todo el mundo desea ser escuchado y necesitamos escucharlos, solo podemos vivir fijándonos en los demás. Películas, series, novelas, canciones, cotilleos, conversaciones, sueños... ¿Pero por qué? ¿No sabemos ya bastante? ¿No se ha contado todo ya? ¿Por qué seguimos? Dejé las preguntas flotando en el aula, como si no necesitaran respuestas, y me di la vuelta disimulando mi angustia, que no sé si se debía a su silencio, a mi incapacidad de despertar su pasión por las palabras o a que me sentí acechado por la peor alternativa: que ya no sabemos por qué ni para qué contamos historias o, peor todavía, que ya no es eso lo que hacemos. Mucho storytelling, pocos relatos de verdad.
Afortunadamente, el bloqueo no me duró mucho. Como en los cuentos maravillosos, una especie de hada vino en mi auxilio. Dio la casualidad de que al día siguiente se celebraba en la universidad un seminario con el título de ‘La literatura oral como elemento socializador y de desarrollo evolutivo’, destinado a los futuros maestros de infantil y primaria. Yo estaba invitado porque la profesora que lo daba venía de Valencia y es mi más antigua amiga, una superviviente de amores adolescentes, traiciones, olvidos, reencuentros y otras maravillas. Como las hadas que aparecen y desaparecen, Mariamparo llegaba, una vez más, en el momento oportuno, con su maleta llena de cuentos, romances y conjuros. Después de tomarnos un café en un banco, que nos sirvió para ponernos al día de nuestras vidas, entramos en el aula, donde permanecimos más de tres horas bajo el encantamiento de nanas, canciones y cuentos sin fecha. Los alumnos entraron y salieron como pajaritos que aterrizan y, tras picotear por aquí y por allá, alzan el vuelo, sin hacer mucho caso de una de las lecciones de el hada profesora: los cuentos tienen un comienzo y un final, sin 'érase una vez' y 'colorín-colorado' los hechizos pierden su sentido, las mentiras se vuelven mentiras de verdad.
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