Opinión | Boulevard Flandrin
El abrazo pendiente
Cada 20 de noviembre este país se asoma a un espejo que no termina de aceptar. Lo que devuelve no es memoria: es una geografía aún sin nombrar. En 1975 empezamos a desembalar la democracia con la inseguridad de quien sostiene un objeto frágil sin saber si va a salvarle o a desarmarle un poco más. Medio siglo después seguimos tanteando la misma grieta: qué somos cuando miramos sin coartadas, sin atajos morales ni el consuelo infantilizante del ‘y tú más’.
A veces basta una imagen para ordenar el temblor: el Abrazo de Genovés. Esa multitud que avanza como quien reclama un lugar que se le negó demasiado tiempo. La seña de la Transición. Es una advertencia. Un recordatorio de que ningún país está completo mientras parte de su gente sigue fuera del marco.
La democracia no nació bajo los focos. El régimen aún administraba la luz y el silencio. Lo decisivo ocurrió donde rara vez mira la historia: en sótanos de barrio, en cafés donde la voz se recogía al verte entrar, en pisos como el de Balsas 13, donde los derechos se trabajaban con la urgencia de quien pela una naranja en invierno: deprisa, a escondidas, oyendo cada crujido como una amenaza. En fábricas donde la ciudadanía se ensayaba a deshora; en parroquias que ejercían de refugio; en vergeles como el Club Atalaya, donde la política era una conversación infinita. Eran espacios donde la libertad se defendía en gestos diminutos: doblar un papel, cerrar una puerta, advertir con un golpe leve en la mesa. Pequeñas maneras de sostener una dignidad que intentaba no quebrarse. En ese subsuelo la esperanza aprendía a mantenerse erguida. La democracia sigue siendo eso: un oficio de mimbrear lo que importa, de tensar sin romper, de cuidar las junturas donde el país se agrieta por cansancio o por desidia. Las mujeres que sostuvieron la vida sin figurar en ninguna crónica —las que esperaban, avisaban, tapaban todas la grietas— fueron la columna dorsal silenciosa de un país que avanzaba a oscuras.
Pero mientras tanto, ciertas formas del franquismo regresan como vuelven las supersticiones malas: sin vergüenza, sin memoria, con un barniz de chiste que intenta blanquear lo que fue oscuridad pura. A veces disfrazadas de meme para la industria del resentimiento. Hay quien estira esos viejos chicles mitológicos hasta dejarlos sin sabor, como si las cunetas y el miedo fueran notas al margen. No es el pasado quien insiste: somos nosotros quienes dejamos la puerta malencajada.
Antes de escribir esto volví a El cuarto de atrás. Carmen Martín Gaite hablaba de una luz que siempre falta. España camina en ese cuarto a medias encendido: sabe lo ocurrido, pero aún titubea para terminar de reparar aquel drama, dignificar a las víctimas, lo olvidado.
No es memoria lo que falta, sino coraje.Los nombres enterrados siguen empujando desde abajo. La deuda continúa abierta. La luz, incompleta.Y quizá lo único digno sea esto: arrimarse al cuadro hasta que nadie vuelva a quedar fuera del abrazo.
Suscríbete para seguir leyendo
- ¿Qué tiendas y supermercados abren este puente de diciembre en la Región de Murcia?
- Las otras asignaturas pendientes más allá del Arco Norte para desatascar el Nudo de Espinardo
- Un profesor agredido en Murcia: 'Mientras escribía en la pizarra me tiraron un tomate, lo grabaron y subieron a las redes
- Xuso Jones estará en la Muestra de Artesanía de Navidad de Murcia despachando sus roscones
- Un pueblo de Murcia retrocede 15 siglos este puente de diciembre: así será el impresionante Mercado XXI Medieval de Caravaca de la Cruz
- Un indomable UCAM Murcia continúa haciendo historia (88-110)
- Junts lanza un salvavidas a los ayuntamientos de la Región
- Doble crimen de Mazarrón: 'Me puso una pistola en la cabeza para que echara hormigón sobre los dos cadáveres
