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Opinión | Pasado a limpio

Objetivo Birmania

Objetivo Birmania

Objetivo Birmania

Esta noche hará 50 años que vi la película Objetivo Birmania, dirigida por Raoul Walsh y protagonizada por Errol Flynn. Yo era un colegial, pero aquella noche se relajaron las severas normas domésticas sobre la hora de acostarse y los rombos que ponían en las películas no aptas para todos los públicos. La emisión se prolongó inusualmente hasta la madrugada, por los frecuentes cortes para dar el parte médico sobre la evolución clínica del dictador.

A la mañana siguiente, nos despertamos sin el toque de diana de mi madre, alarmados porque era tarde para ir al cole. «Hoy no hay colegio -nos dijo notablemente compungida- Franco ha muerto». No puedo negar que su actitud me entristeció y debo confesar que derramé alguna lágrima, no precisamente de alegría por el asueto lectivo. No era para menos, la radio no emitió Los Porretas y en la televisión pronto empezaron los funerales por la muerte de aquel casto varón.

Cuando se reanudaron las clases, al lunes siguiente, el panorama no era mucho más alegre. Pronto nos colgaron en el aula un cartel con el testamento de Franco. «Creo no haber tenido otros (enemigos) que aquellos que lo son de España» decía una de las frases. En mis ingenuos once años, no podía entender que tuviera enemigos, salvo los rivales deportivos en las competiciones internacionales.

La pompa y circunstancias de los días posteriores alternaron los funerales del dictador con la proclamación del rey. Aquellos días se iniciaron los años de la Transición, el derrumbamiento del mundo conocido hasta entonces, y quienes éramos chavales empezamos a verlo a través de la ventana del televisor, pero todavía no teníamos las claves para entenderlo.

La España cuartelaria del franquismo, bendecida constantemente por la Iglesia, fue desapareciendo poco a poco, con todo su olor a cerrado y sacristía. Fue un cambio traumático. Protestas por haber dedicado a Miguel Hernández una calle del pueblo. Tachar de traidor y perjuro a Adolfo Suárez. «La transición de la ley a la ley a través de la ley» era una sutileza eufemística que no encajaba en los cánones del maniqueísmo de catecismo. Legalizar el Partido Comunista traspasó el límite de lo tolerable. Los viejos censores perseguían a los jóvenes que se besaban en la calle o en un salón del casino del pueblo, como hicieron Juan y Loli, con grande escándalo en el pueblo. La ley del ósculo seguía vigente desde la noche de los tiempos.

De la Guerra Civil se hablaba en las casas y en la calle, pero eran visiones subjetivas del bando vencedor. De los otros, los rojos, había que afinar el oído para escuchar sus historias, tanto tiempo silenciadas. La asignatura de Historia siempre acababa a comienzos del siglo XX y sólo en Literatura se hacían incursiones a las generaciones de los hijos de la guerra. No quedaba otro remedio que acudir a las lecturas de los historiadores anglosajones.

En la universidad, muchos de los recuerdos de los acontecimientos que viví siendo un chaval empezaron a encajar como un rompecabezas. Cómo se hizo la Transición, qué significaban algunas canciones escuchadas a escondidas o El espíritu de la Colmena. Las claves de ese mundo vedado al público que no conocía que las fronteras humanas ya se hallaban más allá de la luna, se me fueron desvelando lentamente.

Pero los cachorros del régimen siempre han estado ahí, no demasiado agazapados. Al cabo de unos lustros, han vuelto sin ningún rubor a enseñorearse del discurso político, conscientes de que las crisis encadenadas desde el 2008 han mermado toda aspiración de las clases trabajadoras y son proclives a abrazar postulados heredados de un tiempo rancio. Se alzan banderas territoriales y se buscan enemigos en otros que son como nosotros, de la misma clase y condición desheredada, pero de otra trinchera.

Todavía era un colegial cuando vi la película Caballero sin espada, de Frank Capra, protagonizada por James Stewart. Hablamos de ella en un coloquio organizado por el profesor de Sociales. Comenté lo que yo entendía como una crítica del sistema capitalista – un leitmotiv de Capra – y un compañero me dijo que yo era comunista. ¡Por Dios, mentar la bicha! Después de no pocas lecturas, aprendí que socialismo, comunismo y otras herejías civiles no eran ideas descabelladas, ni hacían crecer cuernos y rabo. Pero esta es otra historia. La de hoy vuelve sobre sus pasos perdidos. Muchos chavales que no han oído hablar de Franco entonan canciones que creíamos olvidadas en la memoria de la infamia.

Objetivo Birmania no contiene alegoría ni metáfora alguna sobre los tiempos del franquismo, salvo los frutos de la guerra, donde los vencedores asesinan a los vencidos, pero legalmente. Para mí, sin embargo, fue una primera liberación de normas impuestas; la primera noche sin rombos y sin ley marcial.

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