Opinión | Levedades
Picotear, dormir, esperar
En España hay más o menos el mismo número de gallinas que de personas. La coincidencia genera desasosiego, como si cada ciudadano poseyera un doble emplumado. Te miras en el espejo y a lo mejor ves el rostro inquieto de un ave histérica. Abres la nevera, observas la media docena de huevos y te preguntas quién los habrá puesto en realidad. Los gallineros no tienen espejos, quizá para evitar que a las gallinas les ocurra lo mismo que a nosotros, pero al revés, y que, en lugar de poner huevos empiecen a poner frases. Da pánico la idea de escucharlas. Lo que diga un loro es absolutamente previsible, pero la gallina es un animal desquiciado (lo hemos desquiciado nosotros) y soltaría por su boca, o por su pico, verdades frenéticas difíciles de digerir.
Me pregunto si las gallinas miran a los patos salvajes y demás aves migratorias del mismo modo que nuestros paranoicos observan los aviones que dejan estelas blancas en el cielo: con una mezcla de fascinación y recelo, imaginando que tras ese rastro se esconde algo más que vapor. Los paranoicos dicen que esas líneas no son inocentes, que contienen productos químicos para adormecer la conciencia o alterar el clima, que alguien allá arriba manipula el aire y los pensamientos. Las gallinas, desde su patio, podrían sentir algo parecido: que esos patos que cruzan el cielo no solo vuelan, sino que saben algo que ellas ignoran. De hecho, las aves migratorias dejan caer a su paso heces que contienen el virus con el que contaminan las aguas y el suelo. Así que, mientras el barro se enfría bajo sus patas, levantan el cuello, siguen la estela, y por un segundo dudan si lo que cae del cielo es una simple cagada o una forma de control disfrazada de mierda.
Tal vez las gallinas acepten su encierro con la docilidad con la que nosotros aceptamos el nuestro durante el covid: primero por miedo, luego por costumbre. Al principio, todo parecía temporal, una medida de precaución, un sacrificio razonable. Después vino el silencio, el hábito de mirar el mundo desde detrás del cristal y la pérdida de masa muscular consecuente. Las gallinas se acostumbrarán también a ver el cielo como una pantalla lejana, inaccesible. Es posible que encuentren placer en la rutina: picotear (y picotearse), dormir, despertar, a la espera del pienso como nosotros a la espera de las series de televisión. Algo quedó domesticado en nuestras cabezas para siempre.
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