Opinión | El trasluz
El coche con chófer

Personas a las puertas de un tanatorio asturiano. / Luisma Murias
El único que no sufre en el tanatorio es el muerto. Es también el único que permanece en posición de descanso, y quizá el único del que se habla más o menos bien, de modo que si nos preguntaran quién querríamos ser de todos los presentes, en buena lógica deberíamos responder que el difunto. La primera vez que acudí a un velatorio, de pequeño, mi madre me planteó precisamente esta cuestión: la de quién me gustaría ser de quienes nos rodeaban. Yo, al observar la serenidad del finado, respondí que él.
-¡Pues no! -me reconvino- ¡Tienes que querer ser el tío Aniceto!
Y me señaló a un hombre de mediana edad, muy bien vestido, que se fumaba un puro en el otro extremo de la sala.
-Tiene un coche a la puerta -añadió-. Es el único de todos nosotros al que le espera un coche con chófer.
El tío Aniceto, que era un pariente lejano, gozaba de un prestigio desorbitado en la familia. Más tarde me enteré de que era secretario de Estado. Para mí, este sintagma no significaba mucho. Había oído las dos palabras, secretario y Estado, separadas, nunca juntas, pero el término Estado lo asociaba a las mujeres embarazadas, de manera que un secretario de Estado, deduje, era una especie de ayudante de mujeres encintas. Decidí, pues, que, si eso era lo que convenía ser en la vida, me haría secretario de Estado. Desde entonces, buscaba embarazadas para ofrecerles mis servicios.
-¡Qué chico tan servicial, tan majo! -decían ellas.
Pero yo no veía que aquel trabajo pudiera hacerme rico, pues ni siquiera me daban unos céntimos para unas golosinas. Poco a poco fui abandonando aquella vocación temprana y luego me olvidé de ella. Siendo ya mayor, leí en el periódico que un secretario de Estado había entrado en la cárcel por corrupción. Entonces me vino a la memoria aquella historia de infancia y justo en ese instante (¿casualidad, sincronismo?), sonó el teléfono y me comunicaron el fallecimiento del tío Aniceto. Acudí al tanatorio por presiones de orden familiar y hallándome allí, entre los deudos, al preguntarme quién me habría gustado ser de todos los presentes, dudé. El tío Aniceto, como difunto, daba fatal. Hay gente que no sabe estar muerta.
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