Opinión | Retornos
Miguel Sánchez Robles
El primer verano de nuestra juventud
Me fascinó aquel mundo y, sobre todo, guardo mucha nostalgia de sus discotecas. Todas tenían puertas bellísimas y extraordinariamente pop y, dentro, la música era un animal vivo que retumbaba en tu pecho

Tango. / M. S.
Fui joven por primera vez en Benidorm, cuando apenas sabía vestirme bien sin que mi madre me tuviera que corregir un poco el cuello de las camisas. En 1974 cumplí diecisiete años y llegué en autoestop hasta allí. Aquel verano tenía dos opciones: coger albaricoques en Archena o irme de camarero a un hotel de la costa. Benidorm era entonces un lugar inventado por el sol y la fiebre, una anomalía luminosa en un país que comenzaba a salir de las sombras y aquel viaje fue para mí la prueba de que la vida misma podía ser otra cosa, dar mucho más de sí.
Me fascinó aquel mundo y, sobre todo, guardo mucha nostalgia de sus discotecas. Todas tenían puertas bellísimas y extraordinariamente pop y, dentro, la música era un animal vivo que retumbaba en tu pecho. A veces las puertas eran enormes, con cristales ahumados y molduras brillantes, con luces que giraban como astros histéricos y porteros que vestían muy bien y parecían dioses de sí mismos. Nadie ligaba más que ellos. No había nada que me gustase tanto como entrar allí con mi paquete de Malboro en el bolsillo de la camisa y escuchar a Barry White con un cubalibre en un vaso de tubo en la mano. No teníamos edad para entrar, pero nunca nos la preguntaron. Mi compañero de viaje y yo las visitamos todas: Madeira, Cap 3000, Istambul, EVA´S, Papa Whisky, 007, Manila, Penélope, Borsalino...
Esplendor inaudito
Fue el verano anterior a la universidad, el último verano de nuestra adolescencia y el primero de nuestra juventud. Y aquellos pub y discotecas me parecían umbrales hacia un paraíso lleno de efervescencia del que te enamorabas sin remedio. Había algo muy dulce en aquella mezcla de libertad recién estrenada y de encandilamiento y deseo, en aquella forma exacta de deslumbramiento juvenil. Dentro de esos recintos, todo se deshacía como un azucarillo en un vaso de vodka, la gente bailaba inventando la vida y era como pasar a un nivel superior en el más exquisito y apasionante videojuego.
Recuerdo aquellas muchachas inglesas y alemanas excesivamente rubias, bronceadas y guapas, portadoras de un esplendor inaudito, a las que nosotros solo queríamos amar o venerar. Nada de lo vivido hasta entonces podía compararse con aquellas radiantes muchachas que podías sacar a bailar y mirar mucho a los ojos y te besaban siempre primero ellas a ti, muchachas que te sonreían desde lejos como si supieran algo del usufructo de la existencia que en España aún no habíamos atinado a comprender.
Aquellas discotecas eran también una especie de templos laicos con atmósfera de cinemascope y funcionaban como un generoso carnaval humano. Algunas de esas puertas se abrían como las alas de un pájaro tropical y todas daban a calles calientes con olor a ketchup.
Todo el mundo bailaba
En aquel año comenzamos a vivir obnubilados, recién salidos de la adolescencia, y a nuestro alrededor todo el mundo bailaba, todo el mundo bebía, todo el mundo fumaba, todo el mundo tenía las analíticas perfectas y, que yo recuerde, aquel año, ninguno de nosotros fue perseguido, nadie fue juzgado, nadie se abrió las venas. Vivir era una fiesta venial y sucesiva y todos queríamos hacer algo grande antes de marchitarnos demasiado.
¡Con qué nostalgia lo recuerdo todo después de más de medio siglo! Hoy ya no existe nada de aquel esplendor en el que nos curtimos. Hay otra cosa, pero no es lo mismo. Hace poco estuve allí y me acordé de las puertas y del ambiente de las discotecas, las recordé con esa tristeza bella, antigua, que tienen siempre los finales de las buenas películas. Y llegué a la conclusión de que aquel verano, más que felices, vivíamos en éxtasis.
Sí, allí fui o me sentí profundamente joven por primera vez, y al amanecer, salías de las discotecas a la calle con el corazón ardiendo, lleno de algo que no sabías nombrar, y pisabas ginebra derramada en el suelo. Entonces a lo lejos, por una calle que daba al paseo marítimo, veías brillar el mar y bajabas hasta la arena de la playa para verlo de cerca y, al encender un último malboro, mirándolo tranquilo antes de irme a dormir, un día me eché a llorar por la congoja mística de sentirme tan dueño de mí mismo frente al inmenso azul, frente a las olas, tan joven y tan libre y con toda la vida por delante.
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