Opinión | El retrovisor
Cuestión de huevos

Recova en Murcia en los años setenta / Archivo TLM
Las generaciones ‘baby boomers’, a las que los amigos de los anglicismos han dado en llamar a los nacidos en los años 40, 50 y 60, son gente sabia y corrida que han pasado por todo de una forma jovial, feliz y diría que casi deportiva.
Los más talludos recordarán aquellos días en que la prole preguntaba a sus progenitoras, con inusitado interés: «Mamá, ¿qué hay hoy de comer?». A lo que las laboriosas madres de entonces respondían, no sin cierta ironía: «Pan, pijo y habas», dando por entendido que la olla era escasa.
Fueron los tiempos de aquellas reparadoras y nutritivas meriendas de pan con lo que fuera, dando por entendido que el pan de entonces era una pura delicia. Bocadillos de pan y aceite; de pan con aceite con azúcar; de pan con aceite y sal; con pringue, con manteca ‘colorá’, con la sufrida mortadela, al igual que el pan con la inevitable y golosa onza de chocolate.
Los citados ‘baby boomers’ han pasado por todo, superando enfermedades, escribiendo epístolas con palillero, hasta llegar al WhastApp, pasando por todo tipo de avances tecnológicos, incluido el baño en el barreño y el fiambre chorreando grasa en la fresquera. El personal de entonces consumía productos sin fecha de caducidad, confiando en el sentido de olfato y en el de la vista: es decir, si los alimentos olían a podrido, a rancio, o su color indicaba una gama de verdes nada fiables, se descartaban.
El amor de madre, en los días invernales y ante la marcha solitaria a pie, con destino a las aula colegiales de sus retoños, las llevaba a añadir al café con leche de la criatura una yema de huevo y un buen chorro de coñac o, un su defecto, un lingotazo de vino quinado con la imprescindible yema, que lo aliviara de fríos, humedades y raquitismos tan al uso en aquellos días.
Generaciones que sobrevivieron a las vacas locas y a pestes porcinas que dejaron libres de sospecha por intoxicación a la sobrasada, se ven ahora alarmadas por el confinamiento de las sufridas, bucólicas y generosas gallinas. ¡Qué sería de nosotros sin las gallinas! Es imposible imaginar un mundo sin huevos en la mesa, huevos que, hoy en día, están a precio de oro. Uno, puede prescindir del pescado fresco, de la ternera, del marisco, de todo tipo de delicatessen, pero jamás de un muslo, una alita o una pechuga de pollo. Qué será de las artes culinarias sin un buen caldo de pollo, o de los reparadores caldos de gallina para las parturientas; de una buena tortilla de patatas, con o sin cebolla. Puede que todo responda a un contubernio que elimine los huevos fritos con chistorra y nos lleve a comer alpiste. Las películas americanas dejarán de ser lo que son sin sus suculentos desayunos a base de huevos revueltos con bacon y los héroes de la pantalla desfallecerán, dejando de ser héroes para convertirse en canijos estrechos de pecho.
Las monjitas abandonarán sus obradores ante la falta de demanda de las yemas de Santa Teresa. El tocino de cielo se convertirá en historia al igual que las yemas de Caravaca y las cantinas del tren no despacharán bocadillos de tortilla francesa.
El «¡manda huevos!» de Federico Trillo quedará grabado en letras de oro en la historia de España, al igual que los comentarios de Julio César en su Guerra de las Galias. Incluso el gallo de San Pedro ha dejado de cantar, deprimido ante la reclusión gallinil. Pollos, capones, gallinas y pavos, ante la inminente llegada de la Navidad, sufren un estrés traumático ante su ausencia en mercados y recovas.
Es inconcebible un mundo sin huevos de gallina. ¡Me importa un huevo! dejará de ser una expresión de rebeldía y los huevos duros o pasados por agua serán degustados exclusivamente en selectas mesas gourmet. Los precios que suben jamás vuelven a bajar, y el precio de los huevos sube y sube en estos días lastimosos en el que las gallinas sufren de forzado cautiverio. Qué tiempos aquellos en los que cada casa murciana contaba con un gallinero en su terrado. ¡Gallinas libres unidas jamás serán vencidas!, canta un gallo con más huevos que el caballo de Espartero… no, huevos de caballo no.
Las generaciones ‘baby Boomers’ creían haberlo visto todo. Pues no: en los tiempos del gobierno de Pedro Sánchez puede pasar cualquier cosa.
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