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Opinión | Nos queda la palabra

Pim pam pum

Nos pilla lejos Albania, pero tenemos el Valle. Allí, aislados, los jóvenes menores no acompañados, nunca mejor dicho, no solo no molestan sino que, de seguir esta deriva, están en el mejor lugar para ser rematados. Ya saben, adinerados ultraderechistas podrían practicar el tiro como lo hicieron en Sarajevo, donde, además, el precio a pagar era mayor si eran niños los abatidos.

A 100.000 euros o más por pieza, reduciríamos la deuda de la Comunidad y, además, cumpliría su objetivo de llevarlos a la mejor vida posible. Dos pájaros de un tiro.

Es enternecedor que desde nuestro Gobierno regional se prometa integración al mismo tiempo que recluye a los muchachos en la sierra. Arremetiendo, por supuesto, contra Sánchez cuando su decisión está forzada por los especialistas en tirarse al monte y reclamar, entre otras lindezas, que la Armada asalte los cayucos.

Los ha expulsado del centro de la pedanía de Santa Cruz a golpe de bulos y del odio de unos pocos, pues la inmensa mayoría nunca ha tenido problemas para convivir. Hay vecinos que, incluso, disfrutan de ellos en su hogar tras adoptarlos.

Duro con los niños, sean inmigrantes o tan españoles como el resto, tengan o no padres, que nos los tienen, para abrirse paso. Cercados y asediados, un milagro sería que no germinaran en ellos iguales sentimientos que los que les persiguen.

Tan cristianos, de misa diaria y asistentes fijos a todas las procesiones que, en invierno y en verano, recorren la Región de Murcia.

Y lo más terrible es que ahora el odio, el racismo y la xenofobia atraen votos. Ya lo dijo el único asesor español de Obama. Une más el miedo que la esperanza, con independencia de unos datos económicos que indican que, sin la aportación de los que vienen de fuera, y no solo para que sean esclavos, como sugiere otra presidenta autonómica, España estaría tocada y hundida.

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