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Opinión | La balanza inmóvil

Tolerancia

Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez. / EFE / Daniel Gonzalez

Hay días y días, como el del orgullo zombi, el del infiel o el de llevar el perro al trabajo; pero el más importante es el Día Internacional de la Tolerancia, referido a la paz y al respeto entre las diferentes culturas y creencias. Estamos acostumbrados, tristemente, por cierto, a oír esta frase en los telediarios: «Contra el maltrato, tolerancia cero». Siempre he pensado que, además de las medidas de prevención -como las pulseras que controlan al maltratador (cuando funcionan bien) y las penas que se le impongan, que no deben ser blandas-, lo importante para erradicar esta diatriba machista de «si no eres para mí no serás para nadie», es la educación, que empieza en la familia, sigue en la escuela y finaliza en la sociedad. Y algo está fallando, porque, desgraciadamente, cada vez hay más energúmenos que cometen actos delictivos -cuando no homicidios y asesinatos- contra su pareja o expareja por el mero hecho de haber escogido esta utilizar lo más sagrado que tiene el ser humano: la libertad, en todos sus aspectos. Terminan muchos de ellos suicidándose o intentando hacerlo. Todos pensamos que podían haber comenzado ese iter criminis al revés: primero suicidándose y después, si acaso, agredir. Por eso es muy interesante el Día de la Tolerancia, para distinguirse de esos casos que acabo de citar.

Estamos viviendo unos momentos, días, meses y años -y lo que nos queda, que parece ser hasta el 2027- de crispación en la sociedad española, a pesar de que la ley de amnistía se hizo para evitar todo eso, dicen sus autores. Y a las pruebas me remito que ha servido para todo lo contrario de una reconciliación nacional. A la tolerancia, que es justo lo opuesto a la radicalización, le hago hoy un monumento, y me va a parecer todo bien, salvo alguna cosa, como diría Rajoy. La tolerancia es una cualidad que es personal, encierra un valor moral e implica comprender que los diferentes puntos de vista son naturales e inherentes a la condición humana, y, por tanto, no deben dar lugar a ningún tipo de agresiones físicas ni verbales. O sea, no es precisamente lo que se está oyendo últimamente en el Congreso de los Diputados. Es un principio fundamental para la democracia y la construcción de la paz. La empatía y la equidad son sus armas.

Me propongo, pues escuchar, dialogar, ser flexible y respetar a todo el mundo indiscriminadamente, incluso a aquellos que nos toman por tontos, pero sin olvidar que cuando se acabe la linde, seguiré mi camino de no comulgar con ruedas de molino. Es decir, no creeré ni aceptaré cosas imposibles de tragar o de entender, para no sucumbir fácilmente al engaño de aquellos que saben que es mentira lo que están diciendo a los demás. Estoy de acuerdo en el respeto, en la solidaridad y en la moralidad, que son la base de una buena tolerancia y que debe practicarse todos los días del año - o «24/7», expresión que se ha puesto de moda en la sociedad, sobre todo en las aulas de los centros educativos; junto a «en plan de» o «brother», con ese argot tan propio e insustituible que varía de generación en generación y hasta de año en año-. Así que, permítanme que hoy y solo hoy me crea lo de las chistorras, lechugas y soles, y que el presidente estaba en Babia -persona desconectada de su entorno-, y no conocía a qué se dedicaban sus manos derechas, comenzando por Santos Cerdán y siguiendo por Ábalos, Koldo y Aldama. Pero también autorícenme, por favor, a que el resto del año no me lo crea y me centre en respetar solamente la diversidad cultural y sexual y la tolerancia religiosa y política, aceptando opiniones diferentes, luchando por la convivencia pacífica y mostrando todo mi afecto hacia las personas vulnerables. En definitiva, respeto y acepto las diferencias individuales, ideológicas, culturales o sociales, sin necesidad de compartirlas o aprobarlas. Pero no me pidan que trague con las mentiras, el cambio de opinión interesado, el achacar a los demás tus fracasos y el tratar de callar a quienes opinan lo contrario que tú, restringiendo sus derechos o criticándolos sin argumentos válidos y coherentes con la lógica del ser humano.

En definitiva, hoy y siempre debemos mantener el respeto a todos aquellos que no piensan como nosotros, pues la razón universal no es patrimonio de nadie. Lo cual supone reconocer que puede ser verdad aquello que no nos gusta, porque va en contra de nuestras ideas.

Solo los principios morales son irrenunciables y no cabe cambiarlos por otros según convenga.

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